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Lo vulgar como soporte inútil

Por José María RUILÓPEZ
Escritor

Parece que ahora vale todo para hacerse famoso y poder salir en los papeles por méritos dudosos. La última “faltosada”, que diríamos en Asturias, la protagonizó una llamada señora (cuyo apelativo uso por decencia y no porque se lo merezca), en la entrega de los premios Ciudad de Barcelona, donde recitó, es un decir, una especie de subproducto poético a modo “padrenuestro” en versión vulgar y gilipollesca.


Y no estoy hablando de ofensas por creencias religiosas, sino de la ocasión que muchos o muchas aprovechan, en nombre de la libertad de expresión, para promocionar el ridículo particular, la propia capacidad para generar ignominia o la íntima habilidad para erigirse en la más imbécil del baile.

Algunos miembros de las nuevas generaciones, o no tanto, creo que están confundiendo la ideología política, la necesaria crítica sobre asuntos que nos incomodan o el derecho a denunciar comportamientos que pueden ser injustos, con el uso racional de la libertad de expresión, con la manifestación inteligente de las ideas o con la denuncia válida de lo que puede ser delito.
Habría que hacer cursillos obligatorios para aquellos que quieren decir en público lo que en privado se puede comentar como un mal chiste, pero que leído ante un auditorio en un acto de relevancia social puede resultar una majadería. Es fácil sorprender con la estupidez, dejando patente la falta de talento y el empeño fugaz de llamar la atención. No se trata de admitir lo que decía aquel: que la ópera no estaba hecha para los albañiles. Como si la profesión tuviera que condicionar los gustos y las maneras. Sino de utilizar la educación como método de convivencia, la cultura como sostén del entendimiento o los conocimientos como soporte de las relaciones humanas positivas.
Pero lo chabacano, lo zafio o lo ordinario no tienen por qué ser cauce apropiado para llevar a cabo la crítica útil, cuando el causante tiene un mínimo de categoría personal. Pero un gremio abundante de nuevas gentes se afanan por ser cada día menos rigurosas en la decencia, confundiendo ésta con la docilidad o la sumisión. La compostura en el lenguaje o las maneras no tiene por qué ser obstáculo para la reivindicación, ni tropiezo para la exposición de planteamientos disidentes.

Redacción

Ver comentarios

  • No se vaya aprovechar para hacer populismo subliminalmente.
    La profesión no condiciona los gustos y maneras, pero sí los gustos y maneras condicionan la profesión.

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