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La resistencia numantina de las tiendas de pueblo

Gelita, en Villamejín, es el símbolo de los comercios de pueblo que sobreviven a las grandes superficies

Gelita, primera por la derecha, acompañada de los vecinos de Villamexín / FOTO DE QUECO CURRÁS

 

F. Romero / Proaza
Hace no muchos años los pueblos tenían sus tiendas. Eran casi todas de ultramarinos, en las que se podían comprar desde unas puntas hasta arroz o vino. El fenómeno de implantación de grandes superficies y supermercados en las zonas urbanas cambió los hábitos del consumidor. Hoy, muchos vecinos de los pueblos prefieren cargar el coche en una ciudad que comprar en la tienda de su pueblo. Por eso poco a poco han ido cerrando. En Bermiego cerró recientemente la tienda de Eduardo y Tere. En otras localidades ha ocurrido lo mismo. Sus propietarios han esperado a jubilarse sin recambio generacional. Le ocurrirá lo mismo a Ángela García, Gelita, de Villamejín, un pueblo a las faldas del Aramo en el concejo de Proaza que todavía conserva un vecindario importante (unas sesenta personas que residen permanentemente). Ella regenta la tienda del pueblo. Tiene 61 años y cuando se jubile nadie seguirá con el negocio. Es la única tienda del pueblo, abierta hace ahora treinta años. “Éramos la despensa del pueblo y ahora ya no, pero antes vendíamos también material de ferretería y piensos. Subía gente de Proaza y otros pueblos”, explica, aunque el esplendor se acabó ya “porque la gente mayor va muriendo y los jóvenes que vienen de fin de semana ya traen provisiones de Oviedo o Avilés”.
No es cuestión de precios, que son muy similares a los de los supermercados de otros sitios, pero las pocas personas mayores que son aún clientes gastan poco.
Gelita vende todo tipo de productos para llenar una despensa y también pan. A veces por encargo trae empanadas o bollos preñados y aunque va a menos “yo la mantengo de momento”. Toda una mujer que resiste los envites de las grandes superficies y que sigue dando un servicio al pueblo: “aquí la gente viene aunque esté cerrado, porque vivo al lado y ya saben que si necesitan algo se lo vendo”. También lleva la mercancía a algunas personas mayores que tienen su movilidad reducida a causa de la edad, relata Gelita, quien defiende su trabajo: “siempre me gustó el comercio y pensé en montar la tienda cuando se jubiló la anterior tendera”. Serán una veintena de clientes los que le quedan a Gelita, que dice que la suerte es que sus proveedores, al menos, suben hasta el pueblo a llevarle la mercancía “porque si no ya hubiera cerrado”.
La tienda tiene también algunos productos de la zona, como la miel o algunas madreñas. También vende botas y hasta zapatos, “aunque cada vez menos”.
Gelita también tiene un almacén de bombonas de butano y suministra al pueblo, evitando así que muchos vecinos tengan que trasladarse a otros puntos a por su gas.
“Me da pena que se acabe, porque realmente sientes que eres útil para el pueblo”, lamenta esta resistente de las tiendas de siempre.

El bar de Tere 

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