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La canción del verano

Por Plácido RODRÍGUEZ

Enurta regresó a su casa de Babilonia después de una dura batalla en las llanuras de Mesopotamia. Su mujer, Ninsuna, le sirvió comida y vino en abundancia. Comió y bebió al menos por dos, hasta dar por finalizado el festín de bienvenida con un sonoro eructo que parecía más salido del inframundo que de su estómago. A continuación hizo el amor con su mujer de una forma inhabitual y lujuriosa. Luego se tumbó boca arriba en el patio, mirando el cielo estrellado de agosto para recuperarse del trajín de la guerra y el matrimonio. Pasaban los minutos, pero no conseguía relajarse; fue en ese momento cuando se percató de que traía algo dentro del cuerpo.
Ninsuna apareció con un instrumento a modo de gaita mesopotámica y le pidió que tocase algo para conmemorar lo afortunado que era por salir ileso del combate y disfrutar de un techo y una mujer complaciente.
Poseído por el diablo, Enurta se pasó horas tocando y cantando hasta que las luces del amanecer, junto con las quejas de algunos vecinos, hicieron que depusiese su actitud lírica. A los pocos días media ciudad tarareaba una canción de origen demoniaco con música pegadiza que hablaba de la victoria en la guerra y en el amor. Penetrar el cuerpo del enemigo y de la mujer era el estribillo común que se acompañaba con una especie de danza machacona a base de golpes secos de pelvis.
Enterado el rey Hammurabi del éxito de la composición, quiso empatizar con sus súbditos y cometió uno de los mayores errores de la historia: instauró por decreto real la primera canción del verano en el año 1750 a. C. A partir de ese fatídico momento el maligno se dedicó a poseer todo tipo de cantantes para martirizarnos año tras año con el calor y los ritmos del infierno.
En España tenemos ejemplos muy claros de este tipo de posesiones; Georgie Dann es el que más años estuvo satanizado. El Demonio se perpetuaba todos los veranos en el cuerpo del sufrido artista con la misma cara de orangután en celo e interpretaba sin ningún tipo de compasión, adornado con unos manguitos mefistofélicos, canciones aterradoras que quitaron el sueño a más generaciones que la mismísima Coca Cola.
Chikilicuatre no se anduvo por las ramas. Montó un aquelarre en medio del festival de Eurovisión, pero el jurado debió de darse cuenta del embrujo y lo relegó a los últimos puestos.
Aunque «Despacito» se lo va a poner difícil, éste año, otro siniestro cantante, Cristóbal Montoro, aspira al título con la canción de los pececitos. «…En el fondo del mar los pececitos se van o se quedan como están…» Está en lista de espera para practicarle un exorcismo, pero con los recortes que el mismo propició, ahora mismo no hay personal que ejerza esas funciones.

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