Bienvenidos un mes más a este nuestro rincón de tertulia y conversación. Pasad y poneos cómodos. Aquí, al abrigo del sol se está bastante bien, pero pobre de aquel que ande por fuera en estos momentos. Cuando escribo estas líneas el termómetro marca treinta y siete grados a las once de la mañana. Sacad vuestras conclusiones. En semejante entorno, lo suyo sería meternos en materia. La lectura siempre refresca.
Hoy vengo a hablar de tres plumas. No confundir con las cuatro que le entregaron a aquel joven oficial británico como símbolo de cobardía en la novela del mismo nombre. Se trata de tres estilográficas en momentos distintos de la vida. Dos cercanas en el tiempo y otra que ha llegado a mí recientemente. Las dos primeras fueron regalos de mi madre y mis abuelos cuando me gradué del bachillerato. Aún empezando, pero ya se intuían letras en mi futuro. La tercera, vino a mí en un evento hace poco, en manos de una adorable mensajera. Estas tres herramientas, que son al literato lo mismo que las espadas al guerrero, forman ahora parte de mi «arsenal». Vendrán días en las que las esgrima con orgullo, pensando en quienes me las regalaron y en su infinito aprecio hacia mi persona. No puedo sino dar las gracias. Es un honor.
Hasta aquí llega la disertación de este mes. Si no me habéis leído con un helado, id a por uno. Sé de un lector en particular, con un océano de por medio, que siempre me lee con una bebida fría. Os animo a seguir su ejemplo. Mientras tanto, quedo a vuestro servicio. Hasta la próxima.
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