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La Santina y el grandonismo asturiano

Por Plácido Rodríguez

«Y Pelayo se vio fortalecido con la visión de la Virgen…»
Tenía la voz gruesa, acento del Sur y cierta inclinación por la poesía, además de a la barra del bar. Ocurrió en una de esas conversaciones en las que, a falta de partido de fútbol, hablar del tiempo socorre las tertulias moribundas de los chigres.
Como en la calle se estaba metiendo la niebla tuvo la ocurrencia de decir que era debido a un fenómeno gaseoso producido por las burbujas de tristeza que emanan del cerebro de los asturianos… ¡Uf! Se hizo el silencio. El resto de clientes, autóctonos, nos miramos con perplejidad a la espera de que alguno formulase la réplica que nos sacase de la incertidumbre metafórico-meteorológica en la que nos había sumido el foriato. Hasta que un sonoro manotazo cambió: el clima.
Decía Ortega que «El asturiano va derecho a las cosas». Y aquel mocetón fue recto a por el foráneo, en una muestra clara de eso que algunos llaman grandonismo asturiano.
—Si ye cosa de burbujas, será de las que se producen cuando frenamos el avance del mar Cantábrico. —Y se golpeó en el pecho, como si su mano fuese una ola que se estrella en la roca descarnada, en este caso velluda, de los acantilados. —Igual que se estrellaron los moros en la batalla de Covadonga. Con la ayuda de la Santina, ese día hubo “la de dios” de niebla.
Hago un inciso para dejar bien claro que no tengo nada en contra del pueblo bereber, todo lo contrario; una nochebuena sentí la fusión de la savia cuando un tío abuelo mío soltó la lengua con el efecto del vino, y me insinuó que no todos mis antepasados eran del Norte. Aunque eso ya es otra historia.
A pesar de que la situación en el bar se tornó un tanto incómoda, las palabras de uno y de otro me hicieron sentir la paradoja de ser asturiano; la paradoja de la niebla, del agua que bucea en el aire; la paradoja de una herencia bipolar que nos transmiten desde hace miles de años el sol y la lluvia, la paradoja de la perspicacia que empleamos para hacer el bruto.
Y sí, somos grandones, porque somos capaces de renegar de cualquier dios musulmán o cristiano sin perder la devoción por la Santina, somos capaces de levantar la voz con vanidad sin faltar al respeto, y, aunque la talla original se quemó en un incendio y los curas pusieron otra de repuesto, ¡la Santina ye auténtica!
«…Y los musulmanes contestaban lanzando piedras y flechas, pero por intervención divina sus armas se volvían contra ellos…»
Pues eso: que la Santina ye auténtica. Y sagrada también. Palabra de ateo.

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