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El peso de la ley

Por Juan Carlos AVILÉS

A don Mariano Cifuentes, de inequívoca rectitud, principios inviolables, misa diaria, y último eslabón de una vetusta cadena de abogados ilustres y de notable prestigio en el mundo del Derecho, el hijo le salió torcido. A punto de entrar en la Universidad, y sin que nadie en la familia le hubiera preguntado nunca “nene, ¿tú que quieres ser de mayor?” –puesto que daban por sentado que se entregaría a las leyes, igual que sus mayores– Marianín se plantó un día delante de su santo padre y le dijo con voz trémula y mirando al suelo: “Papá, quiero ser actor”. A don Mariano un color le iba y otro le venía, se le hizo bola, y cuando fue capaz de tragar saliva le atizó al guaje un solemne sopapo mientras le respondía: “Niño, ¿eres idiota o qué te pasa? ¡Tú serás abogado, como tu padre y tu abuelo! ¡Y no se hable más del asunto!” Ante semejante y sólido argumento, a Marianín no le quedó más remedio que olvidarse de sus veleidades faranduleras y zambullirse en el Romano y el Constitucional sin pestañear, mientras se reconcomía por dentro sintiéndose víctima de una soberana injusticia. Él quería ser como Vittorio Gassman, o Josep María Flotats, y volcar su creatividad e imaginación lejos de marcos jurídicos sin nada en su interior. Su madre, con esa abnegación y afán conciliador que sólo tienen las madres, trataba de convencer a su férreo esposo: “Mariano, no seas tozudo y recapacita. Nadie debe de ser aquello que no quiere ser, no funciona”. Pero él se mantenía en sus trece: “Tú no te metas. Las Leyes son universales, certeras, incuestionables. Un abogado es un hombre justo en posesión de la verdad. Los cómicos son unos sinsustancias, así que será abogado”. El mismo día que acabó la carrera Marianín metió el título en un sobre y se lo mandó a su padre con una escueta pero explícita nota: “Toma, padre, lo que te debía. Métetelo por donde te quepa”.Ni que decir tiene que Don Mariano repudió y desheredó al desagradecido de su vástago, y tuvo que adoptar a un niño vietnamita (en Vietnam apenas hay actores, sólo marionetas) para que continuara la tradición familiar. Y Marianín se apuntó al Institut del Teatre de Barcelona, donde, según tenía entendido, las leyes –de las que no quería ni oír hablar– no pesaban tanto. Se desconoce si triunfó como actor, porque esa es otra historia. Pero sí que tuvo que cambiarse el nombre, porque llamándote Mariano no hay dios que te contrate.

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