[El Mirador]
Hace muchos años, cuando la biblioteca de Trubia estaba en la segunda planta del centro de salud, aún sin rehabilitar, y se subía a ella por unas polvorientas escaleras de madera, me acostumbré a ir con mis hijos, para intentar engancharles a ese seguro de vida que es la afición a leer.
Coincidí muchas veces con una abuela y su nieto, una mujer alta que parecía sacada de una fotografía antigua (falda más bien larga, un mandil, moño) y que con tenacidad iniciaba al niño que tenía a su cargo en el mundo que ofrecen los libros. Era muy distinta a mí, pero me sentía unida a ella por una labor común por encima de generaciones y prejuicios.
Transmitir la cultura a través de los libros y los relatos es remar a contracorriente. Las bibliotecas rurales son como faros en una marea de oscuridad: no se puede permitir que ninguno de ellos se apague, porque es casi imposible reconquistar el terreno perdido.
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