Categorías: . NoticiasTrubia

Historia: la explosión de un cañón en Trubia en 1901

Tres trabajadores, de Caces, Perlín y  Camales, perdieron la vida y otros  quince resultaron heridos en el brutal accidente

Un cañón Ordoñez de 15 centímetros, como el que explotó en el fatal accidente
Roberto Suárez
Trubia

Serían las doce menos diez de la mañana del 12 de junio de 1901 cuando los obreros de la fábrica dejaban el trabajo de la primera media jornada para pasar a lavarse las manos y quitarse la blusa de trabajo, con el fin de acudir a los comedores. En ese momento sobrevino una explosión que hizo temblar el suelo de los talleres, rompiendo cristales, desencajando ventanas y llevando el mayor de los miedos y una terrible angustia a quienes se encontraban en la relativa proximidad del lugar del siniestro: había volado por los aires el taller de fundición.

Comenzó entonces a caer del cielo metralla que se fue esparciendo sobre el suelo. Los trozos de hierro, de irregulares dimensiones, perforaban los tejados y caían con estrépito sobre los talleres. En el lugar de la explosión, una negra y densa humareda impedía precisar lo ocurrido. Puede imaginarse el estado de confusión y miedo entre los gritos de los heridos y las voces de los aturdidos ilesos.

Había explotado un cañón recién fundido cuando se encontraba en la primera fase de enfriamiento. Las treinta toneladas de hierro de un cañón sistema Ordóñez, de 240 milímetros, habían sido introducidas en el agujero, de 15 cm de profundidad, que contenía el molde de arena que habría de formar el tocho de 14 metros de longitud, base del futuro cañón. Curiosamente, el cañón causante del accidente era el último que se fundía de ese tipo en aquel año, al haberse agotado la consignación económica dispuesta para esta clase de armamento. El peso invertido en la colada era de 37 toneladas y el molde, de 12 toneladas.

El cañón sistema Ordóñez de 240 mm fue una pieza importante de la artillería española de finales del siglo XIX, con aplicaciones en defensa costera y movilidad sobre vía férrea, destacando por su diseño robusto y su capacidad de penetración. El modelo 1891, con montaje a barbeta en giro central, era capaz de perforar blindajes de hasta 379 mm, lo que indica su considerable potencia para la época.

La explosión ocasionó tres muertos y quince heridos, destruyendo prácticamente las instalaciones del taller, del que solo quedó en pie una enorme grúa. Inicialmente se pensó que la causa podría estar en la humedad de la arena que formaba el molde.

No quedó casa en Trubia que no sufriera las consecuencias del accidente. En todas ellas, en mayor o menor medida, se rompieron cristales, se levantaron claraboyas o se derribaron tabiques. En la casa del concejal López, las puertas se abrieron violentamente, arrancando los pestillos, deformando los marcos e imposibilitando su correcto cierre. En una vivienda de la calle del Medio, un gran trozo de hierro penetró por el tejado, atravesó el piso superior y terminó cayendo en el bajo, ante el susto y asombro de los vecinos.

Las calles del pueblo quedaron sembradas de trozos de hierro retorcido, piedras, ladrillos, tejas y pedazos de zinc. Afortunadamente, no hubo novedad entre las fuerzas expedicionarias del regimiento del Príncipe, que esa mañana marcharon a Trubia a realizar maniobras. Se ordenó comunicar a sus familias que todos estaban a salvo, pues la noticia de la explosión había causado gran alarma.

A falta de conocer las causas del estruendo, las gentes del pueblo sufrieron en un primer momento un ataque de histeria: carreras alocadas de mujeres y niños en busca de cobijo, acompañadas de un griterío enorme, fruto del temor ante lo desconocido. Una vez calmados, y teniendo parientes trabajando en la fábrica, acudieron en masa a las puertas del recinto.

Las mujeres, presas del terror, desoyeron las palabras tranquilizadoras de los mandos de la factoría y lograron romper la contención de las tropas, invadiendo el recinto en busca de los suyos. Cuando se reencontraron con los maridos que salían indemnes de los talleres, la alegría y el alivio les permitieron descargar la angustia acumulada desde los momentos posteriores a la explosión.

A la puerta de la fábrica permanecieron durante largo tiempo las familias de los accidentados, presas del dolor y del desconsuelo. Dos obreros murieron violentamente, terriblemente destrozados: los operarios Sandalio Estrada, de Camales, y José González, de Caces. El tercer fallecido pudo recibir la extremaunción en la enfermería de la fábrica, adonde fue trasladado aún con un hilo de vida. El capellán del regimiento del Príncipe asistió espiritualmente al moribundo.

Se da la triste circunstancia de que este infortunado obrero, José Valdés, de Perlín, pertenecía al taller de forja y había acudido en ayuda de sus compañeros de fundición para ese trabajo concreto, siendo la primera vez que realizaba tal tarea.

En todos los casos dejaron familias numerosas en total desamparo: el que menos, tenía cinco hijos, además de esposa.

Los miembros fragmentados de dos de los fallecidos fueron lanzados a gran distancia. Cerca de la fonda de la fábrica, sobre el pretil de la carretera, se encontró un pie cubierto con un calcetín, hallado, para mayor desgracia, por un hermano de la víctima. En otro lugar apareció una pierna y parte de unos pantalones ardiendo; en las cercanías del taller de construcción de Artillería se halló un antebrazo. La cabeza de uno de los muertos fue a caer al río.

Cerca del lugar de la catástrofe se encontraron restos humanos difíciles de identificar por su estado, que fueron recogidos piadosamente por el capellán castrense de la fábrica, don Bernardo Arriaga.

Como muestra del impacto de la explosión, cabe señalar que un empleado del taller de talla, José Fernández, fue desplazado con la silla en la que se encontraba de un extremo a otro de la oficina, sin sufrir más daño que el susto. En la pagaduría, donde se encontraban el subdirector, el comisario de guerra pagador y varios contratistas, se desplomó parte de la techumbre sin causarles daño alguno.

La explosión tuvo lugar aproximadamente una hora después de haber sido fundido el cañón. Resulta verdaderamente sorprendente que la catástrofe no fuese aún mayor, pues el gobernador militar, el coronel del regimiento del Príncipe y los jefes y oficiales de la fábrica habían presenciado la operación y acababan de retirarse momentos antes.

Salvo José María Fernández, de Perlín, que fue hospitalizado en estado grave, el resto de los heridos fueron considerados leves y pudieron regresar a sus domicilios. Atendieron a las víctimas los médicos militares Gutiérrez del Olmo y Gómez, titulares de la factoría, junto con el médico del regimiento del Príncipe, doctor Escosura, y posteriormente los médicos municipales Alfredo Martínez y Pumares.

A la localidad acudieron el gobernador militar y el alcalde de Oviedo, señor Uría, así como numerosos ciudadanos dispuestos a colaborar en las tareas de auxilio. El gobernador convocó a los directores de los periódicos de la capital para organizar una función benéfica en favor de las familias de las víctimas. Semanas después, se repartieron las cantidades recaudadas, correspondiendo a cada viuda 710 pesetas, en un acto profundamente conmovedor.

En diciembre de 1902, en cumplimiento de la ley de accidentes de trabajo, se concedieron indemnizaciones a las viudas y huérfanos de los fallecidos: 1597, 1596 y 1290 pesetas, respectivamente.

Tras un análisis minucioso del lugar, se comprobó que el foso que contenía el molde permanecía intacto. La explosión tuvo un efecto vertical, proyectando el material hacia el techo y levantando la cubierta. Algunos testigos afirmaron que parte del tejado alcanzó una altura de trescientos metros.

Sin embargo, las chimeneas del entorno quedaron en pie sin daños, al igual que el reloj y el Observatorio, situados frente al lugar de la catástrofe, que continuó funcionando imperturbable.

Se encontraron piezas metálicas a gran distancia, incluso en el puente de Soto, lo que da idea de la magnitud del suceso. Finalmente, los técnicos consideraron probable que la humedad de la arena del molde fuera la causa del accidente.

En aquella época, en Trubia se utilizaba el método del capitán estadounidense Thomas Jackson Rodman para la fabricación de cañones, ligeramente modificado. Este sistema, empleado desde 1849, consistía en fundir los cañones alrededor de núcleos huecos y enfriarlos desde el interior mediante agua, en lugar de hacerlo externamente.

El proceso implicaba un enfriamiento progresivo desde el interior hacia el exterior, logrando así una mayor resistencia del material. En Trubia, sin embargo, se prescindía del horno exterior y se perforaba el ánima, permitiendo la circulación del agua y acelerando el enfriamiento central, manteniendo un gradiente térmico similar al original pero reduciendo el tiempo total del proceso.

Redacción
Publicado por
Redacción

Entradas recientes

Desbroce perimetral de Llamas de Ambasaguas, en Cangas, para alejar a los osos

Las actuaciones forman parte del Proyecto LIFE Coexistencia entre Humanos y Osos, bajo la coordinación…

hace % días

Llega a Grao la película C.C.I.F. de Carlos Álvarez Cabrero

El polifacético artista recibió el premio Best Directorial Debut of a Feature Film por El…

hace % días

El PP propone impartir dos años de la ESO en los colegios de Primaria en la zona rural

Los populares llevarán a la Junta General una propuesta para impulsar un proyecto piloto que…

hace % días

Jornada en la naturaleza para descubrir el río Pigüeña

Belmonte organiza el sábado un encuentro participativo en el área recreativa de Silviella, con la…

hace % días

Narcenatur 2026 reunirá a 120 expositores

La feria de Pesca, Caza y Naturaleza se celebrará en el recinto de La Himera…

hace % días

Medio Rural repoblará 62 hectáreas de monte en Llamas de Mouro y Tabladiello, en Cangas

Los trabajos de reforestación con pino de áreas taladas o quemadas han sido adjudicados por…

hace % días