Algunas veces nos ilusiona abordar la lectura de un libro escrito por alguien cercano, por un autor con el que hemos charlado en numerosas ocasiones, tomando un café, unas cañas o simplemente en un encuentro casual en la calle.
Por el contrario, también puede ocurrir que los prejuicios que emanan de esa misma cercanía, o la propia soberbia lectora, funcionen como un filtro que nos impide empezar esa obra con la objetividad que se merece alguien que dedicó muchas horas a conseguir plasmar, en menos de dos centenares de folios, el trabajo de varios años. Tengo que decir en mi favor que esa segunda parte, a priori de recelo —no sé bien por qué me sucede con el último ganador del Premio Planeta—, no me pasó con el conjunto de relatos publicado por la editorial Cuadranta del moscón Pablo González García.
Si se echa una ojeada al título, «Los que hicieron el mundo», y después se pasa directamente a la contraportada, podemos ver que termina diciendo: «Porque somos nosotros, los nadies, los que hicimos el mundo desde las sombras». Si se enlazan principio y final del libro, creo que se puede intuir por dónde discurre la narrativa, algo que sintetiza con contundencia y claridad el prologuista, Marcelo García, cuando se refiere a que «los que hicieron el mundo no fueron los que lo proclamaron, sino los que lo habitaron; es decir: los que temieron, los que amaron, los que trabajaron sin testigos, los que soñaron algo diferente y los que nunca pudieron contarlo».
«Los nadies» es un conocido texto de Eduardo Galeano que comienza: «Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres»; y termina: «Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata». Pues bien, me atrevo a decir que, de alguna manera, ese texto de Galeano sirve como antesala y colofón al libro de Pablo. Y esto lo comento porque, como además todos tenemos nuestros referentes previos a la hora de escribir, al final del libro, en el capítulo «Nota del autor», se hace referencia a una serie de autores que le influyeron, y Eduardo Galeano figura el primero.
A medida que avanzan los capítulos, encontramos escenas familiares de un pasado cercano en las que se intercalan pasajes rurales, temores ancestrales, retornos de inmigrantes, tajos duros como la mina, los campaneros que hicieron los cimientos de la antigua Ensidesa o los que construyeron los altos hornos. La fábrica de Trubia se muestra entre líneas, y también la manera en la que los obreros compaginaban ese trabajo con el de sus caserías: escenas muy cercanas en la geografía y en el recuerdo de esta zona de Asturias.
Luego parece haber un punto de inflexión que torna el relato más personal a partir del capítulo en el que el autor aprende a montar en bicicleta y en el que experimenta la evolución desde la inseguridad de la infancia hasta la madurez actual, poniendo en valor el amor y las enseñanzas de sus padres, así como las de algunos profesores que marcaron su aprendizaje hacia ese punto de conocimiento vital que nos plantea el acto de dudar.
Cada relato muestra la acción de los personajes de manera porosa y afable para la lectura, profundizando y realzando la importancia de las acciones cotidianas, hasta que, casi al final, aparece lo que me atrevo a definir como un brote psicótico literario, que funciona a modo de pellizco desconcertante, como un paréntesis en el proceso cognitivo que seguramente padecieron todos aquellos que hicieron el mundo.
Sí, primero me ilusionó leerlo; después, esa ilusión dio paso al placer de la lectura; y, por último, a la recomendación desinteresada de un libro de relatos cercano, intenso, cargado de matices asturianos y de una reflexión profunda sobre lo cotidiano como acto de aprendizaje ante la complicada tarea de vivir.
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