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¿Qué es un año que termina?

Rafael Vázquez
Presidente de la Asociación de Filosofía de Grado

¿Qué es un año que termina, un año que ha llegado a su fin y queda atrás en el pasado? Hoy quiero hacerme esta pregunta que no es exactamente un problema, sino un misterio, en el sentido que dio a estas palabras Gabriel Marcel. Según el pensador francés, un problema se puede medir, cuantificar y finalmente resolver; un misterio, en cambio, no se resuelve: se habita. Los problemas se resuelven y terminan. Los misterios permanecen, porque ninguna respuesta los agota nunca del todo.

Yo no sé qué es un año que termina. Sé que no son simplemente doce meses ni una suma de horas. Y que tampoco son meras facturas, fotografías o un calendario más tachado en la pared.

San Agustín de Hipona decía que «si nadie me pregunta qué es el tiempo, lo sé; pero si alguien me lo pregunta, no lo sé».

Jorge Luis Borges escribió que «el tiempo es la sustancia de la que estamos hechos». Y quizá tenía razón. Tal vez no habitamos el tiempo como quien ocupa una habitación o atraviesa un paisaje. Tal vez estamos hechos de tiempo: de despedidas, de esperas, de promesas incumplidas, de recuerdos que regresan cuando menos se los espera.

Gustavo Bueno proponía entender pasado, presente y futuro en términos de cómo nos influimos unos a otros: el pasado está formado por quienes influyen sobre nosotros sin que podamos influir ya sobre ellos; el futuro, por aquellos sobre quienes podemos influir, pero ellos no sobre nosotros; y el presente sería el ámbito de quienes coexistimos y nos influimos mutuamente.

Si esto es así, un año que termina no desaparece simplemente. Sigue actuando sobre nosotros. Continúa presente en decisiones que tomamos, en personas que conocimos, en pérdidas que aún nos acompañan o en costumbres que ya forman parte de nuestra vida sin que apenas nos demos cuenta.

Quizá por eso ocurre con los años algo parecido a lo que Ludwig Wittgenstein señalaba respecto de la diferencia entre decir y mostrar. Hay cosas que pueden decirse con palabras y otras que solo pueden mostrarse. Y acaso los años vividos pertenezcan a esta segunda categoría.

¿Qué fue 1995, el año en que me enamoré de Irma? ¿O 2015, el año en que enfermó Valerio? No sé explicar del todo lo que fueron. Pero sí puedo mostrar sus huellas: ciertos lugares a los que regreso, objetos que aún conservo, hábitos que sigo repitiendo, una canción que ya no se escucha igual…

Al final, quizá un año que ha pasado consista simplemente en eso: en ir poblando lentamente nuestra vida —y también la de otros— de ausencias, de ecos y de pequeñas cosas casi invisibles que continúan acompañándonos. Y también, por supuesto, de presencias valiosas cuya huella sigue actuando en nosotros mucho después de que aquel año haya terminado.

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