El artículo que estás leyendo es totalmente orgánico. Estas palabras que ahora tecleo son el resultado de un proceso en el que han intervenido dos personas y mi chat GPT. El texto original comenzó como una reflexión que escribí para buscar aquello que quince años de vida en una aldea del suroccidente asturiano habían aportado a mi vida.
Estaba en el proceso en el que GPT analizaba y transformaba mi texto, cuando tuve que bajar a la cuadra para cargar tres paladas de carbón en la caldera que calienta la casa. De no haberlo hecho en aquel momento, la brasa habría muerto y eso me obligaría a rascar ceniza y cortar ramas secas para reiniciar el fuego, una tarea que me aparta al menos media hora de lo que estaba haciendo, en este caso escribir un artículo. La interacción con el fuego me llevó a pensar que la defensa última de la vida rural no es la defensa del paisaje o de las tradiciones, sino de la vida material, de la fisicalidad que exige el contacto diario con la naturaleza y de cómo eso nos convierte en humanos más competentes.
Alimentado el GPT con este nuevo argumento, y tras varias versiones, terminé por aceptar un texto descriptivo de la capacidades humanas que se mantienen en la vida rural y que se pierden en la ciudad, de los sacrificios e incertidumbres que se asumen cuando se opta por la autonomía. De las habilidades a las que se renuncia en favor de la comodidad.
Le envié el artículo a mi amigo Felipe, al que yo llamo maese por su sabiduría vital y su prestigio en el oficio de fontanero. Aunque nacido urbanita, como yo, maese Felipe lleva el tiempo suficiente viviendo en la aldea para distinguir al primer vistazo una lechuga de casa de una lechuga industrial. “Este texto no pareces tu”, me dijo detectando la parte sintética que había aportado mi asistente virtual. A ojos de mi amigo, GPT se había comportado como el editor cagón de un diario regional temeroso de ofender a quienes pagan su sueldo con publicidad institucional. Sutilmente, el editor de la IA había restado cualquier subversividad a mi defensa de la esencia humana y necesité un amigo humano para hacérmelo ver.
La agricultura rentable hoy está totalmente automatizada e informatizada y pronto nuestro pensamiento y flujo de trabajo intelectual también lo estará. Finalmente este artículo lo he escrito de un tirón y sin ayuda del GPT, pero sí con el reto de su oposición y el realismo que sólo un amigo puede aportar. Como el tren o la radio, la IA está aquí para quedarse pero no hay que olvidar que estamos ante una tecnología que cambia nuestro contrato con la realidad y que potencialmente puede cambiar la esencia humana. Puede hacernos más capaces, eficaces o productivos pero también puede deshumanizarnos aún más, dejándonos a merced de la dictadura tecnocrática y corporativa que se asoma sin pudor tras la bambalinas del poder.
Por eso a GPT le resulta subversivo que mi amigo Felipe y yo optemos por enterrar mierda de oveja en la huerta para poder comer una lechuga “de verdad”.
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