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El prestigio moral de la indignación

Rafael Vázquez Presidente de la Asociación de Filosofía de Grado

A veces tengo la impresión de que indignarse se ha puesto de moda. No se me entienda mal, no digo que no haya que indignarse; incluso, en muchos casos, tendríamos que indignarnos mucho más. Lo que digo es que, de un tiempo a esta parte, indignarse parece haberse convertido en un motivo de prestigio moral. Como si indignarse, o aparentar estarlo, fuese por sí mismo un signo de conciencia crítica o de lucidez, al margen de los motivos o de las razones de la indignación.

Y las redes sociales son el mejor escenario para esta suerte de performance de la indignación. El algoritmo, los reels de Instagram o de tik tok, el clickbait permiten que cada cual tenga su minuto de gloria y, qué duda cabe, la indignación produce clics, likes y comentarios.

Guy Debord decía que, en las sociedades del espectáculo, como la nuestra, la realidad tiende muchas veces a convertirse en mera representación. Y yo me pregunto si mucha de la indignación que vemos en las redes no se ha convertido también en parte de ese espectáculo. A veces parece que importa más mostrar públicamente que uno está escandalizado que actuar sobre aquello que provoca el escándalo

Por eso, a veces tengo la impresión de que ya casi no sabemos discutir sin indignarnos o disentir sin dramatizar. Es como si toda discrepancia tuviese que convertirse inmediatamente en un enfrentamiento moral con el otro.

Pero seguramente el problema más importante en torno a este fenómeno es que la indignación permanente termina dificultando la capacidad de comprender, de jerarquizar y de pensar las cosas con cierta distancia. Cuando todo provoca escándalo, resulta muy difícil conservar un criterio claro sobre la gravedad que merece cada cosa, y la reacción inmediata termina sustituyendo algo tan importante como la reflexión crítica.

Slavoj Žižek plantea que la indignación política no es únicamente un fenómeno individual, sino también grupal, y que cada grupo social establece sus propias jerarquías de indiferencia y de escándalo. Por eso, lo que para unos resulta intolerable, para otros apenas merece atención. Y de este modo, muchas veces el mismo hecho puede provocar una condena rotunda o pasar prácticamente desapercibido según quién sea su protagonista. 

Pero, como decía al principio, con esto no digo que no debamos indignarnos. Debemos seguir indignándonos, por supuesto, cuando la causa lo merezca. Pero no menos importante —y con esto termino mi reflexión— es cultivar la capacidad de soportar cierta incomodidad, cierta ambigüedad o cierta lentitud antes de reaccionar automáticamente con enfado ante el otro o ante los otros.

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