
La democracia representativa no es, precisamente, el sistema más democrático que existe porque el pueblo deja en manos de sus representantes (o en el de los de su partido) la gestión de los asuntos públicos. Pero si hablamos de elecciones locales la cosa cambia (obviamente en concejos pequeños). Aquí el vecino y la vecina no votan siglas sino personas. Por eso los partidos tienen que hilar fino y buscar muy bien el candidato o la candidata: una persona cercana a la gente, conocida y a la que, si hay un problema se le pueda decir desde el otro lado de la calle “¡alcalde, acuérdate de la obra de la carretera de mi pueblo que la prometiste en tu programa!” La proximidad, la vecindad… cambia las cosas. En nuestra comarca hay alcaldes y alcaldesas que han funcionado muy bien a los que han votado personas de ideologías y siglas diferentes. Otros, aún con el apoyo del partido, han estado lejos de la vecindad o han sido poco transparentes y sin duda el electorado le pasará factura. También hay casos de alcaldes vitalicios a los que se les permite repetir y repetir porque a ellos les gusta el sillón y a los vecinos (hasta de dos generaciones) que esté ahí: “ye el nuestro”. Lo veremos en mayo.
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