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Sidra casera y asturparaguaya desde Grullos

Pili Coalla y Amada Costa mantienen la tradición de la sidra casera de Candamo

Esther Martínez / Candamo

Pili Coalla y Amada Costa

Candamo siempre tuvo fama de tener una tierra muy fértil para la hortaliza y los frutales y gentes con profundo conocimiento del manejo de la agricultura y las tradiciones hortelanas.


Grullos, la capital del concejo es sede desde hace muchos años del Certamen de la Fresa, Aces del de la Castaña, y en tiempos no muy lejanos era frecuente el cultivo de vid y la producción de caldos de calidad en toda la zona. Aunque la trasmisión generacional y los nuevos tiempos hacen que todos estos conocimientos se vayan reduciendo y perdiendo en el peor de los casos, hay atisbos de esperanza en que se sigan manteniendo algunas de las tradiciones más arraigadas en la zona, como es la elaboración de sidra casera. Pero que dos mujeres de distintas generaciones, nacionalidades y culturas hayan conseguido embotellar algo más de seiscientas botellas, es el fruto de una promesa al “paisano” de la casa que falleció en octubre de 2023, y dejó bien encargado que no se perdiera ni una sola manzana, que no dejasen de hacer la sidra porque en esa casa siempre se celebraba todo con una botellina.


Pepe Suárez no pudo disfrutar de la sidra de esa cosecha, pero su mujer Pili Coalla y la paraguaya Amada Acosta, quien la acompaña y la cuida a diario, consiguieron finalizar el encargo y la promesa de llenar el llagar de una sidra que cada verano hace las delicias de las hijas, yernos y nietas que vuelven a casa de lugares tan lejanos como París, Barcelona o Nueva York. Pili Coalla tiene dos hijas, Paz, profesora en la Universidad de Oviedo y Paquita, escritora y profesora de la Universidad de Nueva York, desde hace más de 25 años y que cada verano recala en la casa familiar durante unos meses.
Amada Acosta llegó a Grullos hace un año desde Capiatá, una ciudad a 23 km. de Asunción, la capital de Paraguay, para ayudar a Pili y a Pepe, ya muy enfermo. Nunca había oído hablar de la bebida más popular de Asturias, pero se integró pronto en las costumbres candaminas. La pomarada de la casa produjo aproximadamente seis toneladas de manzana. Una parte se vendieron y se reservaron unos 500 kilos para la sidra casera. Con la ayuda de Manolo yerno de Pili y Pepe en la mayada y en el inicio de la producción, ellas dos lavaron botellas, escogieron la manzana, vigilaban cada día el “hervir de la sidra” e iban rellenando las barricas hasta que consiguieron culminar el trabajo. “Reservamos un garrafonín de 16 litros para Amada y para mi”, como dice su hija Paquita “una edición limitada” para consumo de las artífices de que la receta y los consejos de Pepe no cayeran en el olvido.

Nada queda al azar, en la fabricación sidrera de esta familia y para que no faltara detalle, Jacinta una de las nietas, que estudia Arte y Diseño en Barcelona, hizo una etiqueta conmemorativa de ese año: “El Vallín, 2023, JRC”, las iniciales de las tres nietas, Jacinta, Rosalba y Carolina, que también dan nombre al llagar y así aparece en la puerta de entrada.
Además de la sidra, Amada y Pili comparten tareas en la huerta; fresas, calabaza, calabacín, alguna patata, berzas y unas alubias, que Amada compró en un locutorio que frecuenta en Oviedo, donde se venden productos de varias nacionalidades sudamericanas. Por ello en la tierra candamina, este año verán la luz las primeras fabas moradas de origen paraguayo.
Por el invierno cosen y por el verano, además de pasear y acudir a actividades para mayores, cuidan con mimo la huerta y las plantas. La casa de los Súarez Coalla, Casa Lucia del barrio del Vallín, se ha convertido de esta forma en un lugar intercultural e intergeneracional, gracias al tándem Pili- Amada, que ni la una piensa en marchar ni la otra quiere quedar sin ella. “Riño menos con ella que con mis hijas. Si ella está feliz aquí, yo también. “
Amada, enseña orgullosa al lado de la sidra su “matera”, que contiene la bebida típica de su país, el mate, que va enfundada en piel de vaca, bordada con su nombre y el de su hija de dieciocho años, que se quedó estudiando en su país y que por ella, y por darle una vida mejor y que pudiese estudiar, vino a España donde se encontró a una familia, una huerta y un llagar esperándola. Un ejemplo de fusión de culturas, identidades y costumbres y de sororidad en toda su expresión; mujeres que se cuidan, protegen, enseñan y sostienen algo tan valioso como el respeto a la tierra y a las costumbres del lugar que habitan.

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