
No recuerdo dónde leí (era un libro), que Plinio y Cervantes coincidieron al afirmar “que no hay libro malo que no tenga algo bueno”. Puedo estar de acuerdo. Para rizar el rizo Oscar Wilde dijo que “no hay libros buenos o malos, sino bien o mal escritos”. Oh, querido Oscar… Estos autores vivieron en un momento en que el mundo editorial no era lo que es hoy día y, por tanto, sus afirmaciones deben ser analizadas en su contexto. Si afirmáramos lo mismo hoy día, seríamos optimistas y eso no es malo. Pero se podrían contradecir las palabras de estos autores fundamentales en la Historia de la Literatura Universal, atendiendo a los datos sobre la edición del libro en España. Seamos conscientes de que el tiempo todo lo cambia… Cabe preguntarse en qué se ha convertido el libro en nuestros días. Estamos acostumbrados a ver premios literarios que otrora tenían prestigio, desbaratados hoy por la influencia del vil metal, sin que se pueda precisar si la autoría del libro es obra de un autor o de un equipo de negros literarios pagados por la editorial convocante del premio que fallará en favor de sus intereses. Por otro lado, el mercado editorial ha experimentado un giro en sus dinámicas que pueden rastrearse en la democratización de la cultura y en la accesibilidad del individuo a las herramientas digitales de edición, provocando la capacidad de producir artefactos culturales tanto como de consumirlos. Se ha pasado de ser un mero consumidor de cultura a producirla. Obviamente el nuevo productor ha mirado a su alrededor, y ha pensado que sus conocimientos no desmerecen los de muchos que han dejado su huella en los libros y por ello ha decidido que si otros lo hacían, él no se quedaría atrás. Diferenciarse, prestigiarse… El espectador ha ocupado el lugar del actor; el lector del escritor. Actuar y escribir, serán por tanto las dinámicas que encontraremos tras un alto porcentaje de los libros que hoy día se publican. Lo de actuar no es un gazapo: si el escritor es mediocre o malo y le cuesta lo de enderezar un par de líneas con una oración subordinada en medio, o bien no trasciende el “sujeto, verbo, predicado”, solo le queda actuar después de haber publicado su libro y contar una película para tratar que se sostenga en presentaciones o tertulias varias. Lo de publicar no es hoy demasiado difícil, solo se necesitan unos ahorrillos y se puede optar a la autopublicación, o bien picar a la puerta de las editoriales de pago, como camino más rápido. El caso es sacar el libro y creer que uno se hace un hueco en el universo literario para conquistar la fama, y luego… la inmortalidad. Otros lo hacen porque creían que siendo escritor, ya se sabe que viste mucho, se ligaba más y se atrevieron a fantasear presentándose así al mundo. Más tarde llegaron las críticas porque no sabían argumentar entre tanta incoherencia y verborrea… Las estadísticas apuntan a que el mercado editorial va hacia el colapso, ya que no colapsan primero los bosques que producen el preciado papel. Ah, el papel, ¿por qué nos gusta tanto? El País publicaba, el pasado 12 de abril, un titular demoledor: “la mitad de los títulos disponibles en librerías no vende nada”, y seguía argumentando sobre la enorme cantidad de libros que se publican en España al año. El artículo generó debate y fue desmentido por otros medios de comunicación y fijados sus datos en detalle. No obstante, sí existe algo de verdad en la información de El País, y es que se publica más de lo que se lee. El publicar mucho no tendría por qué ser malo si lo publicado fuera necesario y sirviese para algo, pero no siempre es así. El tapón que se genera en las librerías tiene que ver con la presión de los grandes grupos editoriales que ocupan con sus obras los estantes y expositores, impidiendo que las pequeñas editoriales independientes o que no pertenecen a un grupo editorial, prosperen entre tanta hostil competencia. Al tiempo de permanencia o rotación de las novedades, ya que si hay 27 nuevos títulos disponibles todos los días, no se dispone de sitio para todos. Por otro lado, la perversa tendencia del lector a seguir las recomendaciones de los culturales que influyen en la compra del libro de moda, del premio tal, o del autor cual, que vienen posicionados por los propios grupos editoriales. Que un libro llegue a las librerías desde una editorial independiente y se posicione, es difícil. La cadena de valor del libro está descompensada y el ritmo de producción y distribución es definitivamente imposible de seguir. Así y todo, muchos se empeñan en sacar su libro. Conozco a frenéticos que se empecinan en su nuevo poemario cuando no venden 5 ejemplares del que acaban de sacar. Aparecen libros como setas cada mañana, nuevos autores que jamás han publicado un relato, se dan a conocer al mundo con un primer libro. Me pregunto cuántos noes coleccionarían de las editoriales en caso de que enviasen sus manuscritos. No sé, creo que el sector ha de relajarse. Es momento, quizás, de volver a los clásicos y a las editoriales de referencia, con atención a las editoriales independientes y a la selección de determinadas librerías. Siempre pensé que la variedad era buena y que un libro siempre tendría algo bueno, pero al ver todo lo que llega a una librería, me he empezado a preocupar más por la buena salud de los bosques. El buen libro será aquel que cumpla nuestras expectativas ya que no todos los libros son iguales ni sirven para lo mismo. Disfrutemos del libro día a día.
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