
Profesora de Filosofía del IES Río Trubia
Normalmente cojo el tren de las 8:15 en Oviedo. Ya desde ese momento el paisaje me envuelve y me ayuda a desconectar de la casa y del trabajo. En el tren encuentro un descanso, una pausa que me permite relajarme y contemplar. Los árboles antes de San Pedro de Nora, las orillas del río donde aterrizan las garzas… Sé que ese pequeño paréntesis entre Oviedo y Trubia me señala el camino hacia un lugar que, de algún modo, ya había sido reconocido por mí hace mucho tiempo.
Y, al llegar a la estación, vuelve el olor característico de la Química del Nalón de Trubia, ese mismo olor que tantas veces percibí de niña cuando iba a ver a mis abuelos a Godos. Pero lo que de verdad me gustaría describir es el paseo que me lleva hasta el instituto de Trubia, donde trabajo.

Lo que más me gusta es, antes de llegar al puente de los Señores, contemplar esas casas que en otro tiempo debieron de ser imponentes y que ahora la hiedra va cubriendo poco a poco. Es inevitable pensar que hasta la construcción más sólida puede acabar cediendo ante la naturaleza, pero ella ha estado ahí siempre por eso es más sabia y más fuerte.

Y sigo mi paseo. Me gustaría que esas casas tuvieran otro destino antes que el derrumbe. Es triste y desesperanzador ver a tanta gente sin casa y tantas casas sin gente. Pero vuelvo a mi camino, y a cómo desde abril empecé a fijarme en las distintas plantas que crecen muy cerca del puente. La primera fue la glicina, que me sorprendió con sus racimos de flores tan característicos. Después vi unas flores blancas que olían muy bien y busqué su nombre en Google, porque no sé de plantas. Entonces apareció uno de los nombres más hermosos que podía imaginar: jazmín de los poetas. Más adelante vi también la madreselva japonesa, que trepa cerca del río y por las casas, y últimamente he descubierto la celinda de espigas, o deutzia, una flor sencilla, ornamental y muy bella y también la rosa silvestre o rosa arvensis.
Y no solo están las plantas: también están los pájaros. Con la aplicación Merlin Bird he conseguido identificar algunos, y además de escuchar mirlos, gaitanes, petirrojos y lavanderas, también se oyen jilgueros y vencejos. Me di cuenta, además, de que en un árbol cantaba el mismo pájaro todas las mañanas: una lavandera, en el árbol que queda enfrente, junto a una de las casas de la derecha. Quién sabe si quizá me espera para recordarme que existe una belleza exquisita, una belleza que cautiva a quienes desean descubrirla.
La vida a veces nos concede esos pequeños momentos de esplendor cuando aprendemos a reconocer la armonía en los seres que habitan el mundo. Hay un instante, al cruzar el puente, en que siento que entro en otra época, o que algo me lleva a un universo que existió en el pasado. Todo me sugiere que este fue un lugar lleno de gente, de historias atravesadas por el amor, el dinero, la mentira y la locura. Y, sin embargo, el río sigue pasando. El río sabe bien adónde va, no como nosotros, que tantas veces parecemos perdidos, muertos en vida.
Tristes aquellos que no saben entender la belleza.

Miro el río a la derecha y a la izquierda. Ya he visto una nutria y algunos patos. Siempre observo por si vuelvo a encontrarlos, porque toda esa vida que crece de una forma tan exuberante e inevitable hace que me sienta parte de este mundo, un mundo que a veces puede ser terrible. Y, sin embargo, toda esa belleza me reconcilia con la vida.
Hay tantas casas sin gente y tanta gente sin casa. Prefieren abandonarlas antes que compartirlas. Triste el ser humano que no entiende que el árbol, cuanto más crece, más da: más frutos, más hojas verdes, más raíces que sujetan la tierra. Cuanto más ofrece, más vida produce. Las plantas al morir también enriquecen la tierra, la muerte es un paso más y da lugar a la vida. Quien no sabe dar no ha entendido nada y seguirá deambulando hasta que las sombras lo entierren.
La naturaleza, sabia, entrada en años sigue dando sus frutos, poco guarda para ella. Incluso en su acto de morir sigue floreciendo. Solo de esa forma pudo desplegarse la vida. ¿Lo entiendes ahora?
Este es el paseo que hago todas las mañanas hasta el IES de Trubia. Y todas las mañanas pienso en ello.
Viví varios años fuera de España, aprendí dos o tres lenguas y volví para reencontrarme con lo que fui y con este valle que me acoge.
Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Itacas.
Poema de Konstantino Kavafis (1863–1933), nacido en Alejandría (Egipto)
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