Por José María RUILÓPEZ
La Senda del Oso fue vía férrea para máquinas de vapor y vagones con hulla por los valles del Trubia, y ahora la ocupan caminantes y ciclistas. La desaparición de las minas de carbón llevó a este intrincado desfiladero sobre un río enclaustrado bajo sombras y entre roquedales calizos a convertirse en atractivo turístico, en reclamo para foráneos, en novedoso modo de diversión.
Se le llamó así, entiendo, para ofrecer una dimensión entre épica y aventurera de ese trazado. Pero el tiempo acabó por dar la razón a los que la bautizaron, y en más de una ocasión, los osos han transitado por ella como solicitando algo que, por su propio nombre, les pertenece. Y no lo hicieron precisamente como furtivos turistas, sino a la vista de más de un usuario que tuvo que retirarse prudente para evitar un enfrentamiento de final imprevisto.
A lo largo de los años que lleva abierta esta senda, se han producido algunos desgraciados accidentes de usuarios, en ocasiones, muy graves. No debieran ser estos hechos motivo de comentario. Pero la realidad se presenta en exceso patética. Y esas vicisitudes ocasionales pueden ser la mejor manera de disuadir a los visitantes. El mantenimiento de un trazado como éste, sometido a las inclemencias de los inviernos, requiere una dedicación exclusiva de vigilancia. Da la impresión de que cuando se hizo se buscó más la rapidez que la seguridad. Por ser una adaptación de un recorrido ya prefabricado para el tren y tener que llevarlo a una senda para paseantes o ciclistas, a lo mejor se descuidó algún detalle que hoy sería necesario y obligatorio para poder aprobarlo para tal uso. Recuerdo la oscuridad de los túneles de hace tiempo, imposibles de cruzar, al perder los ciclistas la referencia lateral del ancho. O la debilidad de las barandillas, culpables de algunos accidentes, al enmascararse su asentamiento podrido tras la ocasión de apoyarse en ellas.
La Senda del Oso, para los municipios de los valles del Trubia, ya no es sólo un atractivo turístico, es un bien al que hay que mimar y mantener en perfectas condiciones de uso. Empezando por el piso, siguiendo por las cunetas y acabando por las barandillas. Además de poner alguna indicación orientativa para invitar a los usuarios de este camino a la prudencia.

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