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Realidad y ficción en la lucha

Por José María RUILÓPEZ
Escritor

Cuando se habla de una novela con un fondo cierto hay que distinguir realidad de ficción. Para ver la amplitud que la ficción admite, podemos hacer un símil geográfico diciendo que el libro de ensayo sería España, el de historia sería Europa y la ficción sería el universo. Porque no hay límites a la fantasía.
Cuando escribes sobre personajes que en algún momento fueron reales, éstos se acaban diluyendo en la ilusión y toman comportamientos y cualidades que no tenían en la vida real, y que al estar en el papel ya han conformando otra dimensión y han suplantado al personaje real para tener nueva vida en un texto impreso.


La tensión entre lo verosímil y lo imaginario es la sustancia de la creación literaria. Desde Cervantes a José Saramago ha sido así. La novela no es más que una forma de entretejer hechos conocidos y fantasía para conseguir un producto en forma de mixtura donde ambos ingredientes se mezclen como la leche con el agua, aunque en otras ocasiones resulte como el agua y el aceite, y ahí empiezan las complicaciones.
Porque aquellos que vivieron la realidad se sienten protagonistas y quieren influir sobre los personajes novelados porque, o no les gusta cómo son tratados y les gustaría tener otro tipo de comportamiento dentro de la ficción, o se sienten muy cómodos y se creen que son ellos mismos, pero mejorados.
Esa situación siempre trae problemas al escritor, llegando en ocasiones a los juzgados. Como le sucedió a Carmen Laforet con su novela de saga familiar “Nada”, que muchos parientes dejaron de hablarle porque no se vieron bien tratados. O a Francisco Candel y su libro “Donde la ciudad cambia su nombre” sobre la Barcelona de los años 50. Algunas personas no se vieron bien retratados y se reunieron para lincharlo.
Creo que el secreto de la literatura está en saber barnizar la realidad utilizada como materia argumental de modo que se vea la madera, pero no se sepa de qué clase es por mucho que se quiera raspar sobre la piel de los personajes, quedando para la posteridad los hechos narrados y no los hechos vividos. Es lo que Caballero Bonald llama: “ajustar cuentas con el recuerdo”.

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