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Ton Areces, invictus

Por Manuel ASTUR

Escribo esto aquí porque sé que muchos de vosotros lo conocisteis, descansasteis a la sombra del gran roble que era y, por lo tanto, lo quisisteis. Por desgracia, mi padre Antonio G. Areces falleció a los 78 años de edad.
Los tres últimos años convivió con el cáncer. Y digo que convivió porque, aunque finalmente fue implacable, sabiendo con quién trataba, la enfermedad le permitió tener unos últimos años serenos y lúcidos, sin decadencia ni sufrimiento, rodeado de sus seres queridos, con algunos homenajes más que merecidos y sobre todo haciendo hasta el último momento lo que más le gustaba: contemplar, leer y escribir en su jardín.

Adolescente soñador. Joven atleta. Tan buen mozo como Rock Hudson. Tan buen nadador como Johnny Weissmüller. Soltero empedernido. Marinero y aventurero. Esposo enamorado. Generoso. Honrado. Orgulloso. Bondadoso. Gran amigo. Un «gentleman». Comunista militante cuando todos eran franquistas. Librepensador excomunista cuando todos fingieron ser socialistas. Bibliófilo empedernido. Letraherido. Escritor incansable. Maestro mágico de varias generaciones de niños. Sacerdote del Arte. Amante de la sabiduría. El padre más maravilloso del mundo. El abuelo más genial. El anciano hermoso que yo quiero ser. Todo esto, y mucho más, fue mi padre a lo largo de su vida. Pero lo que nunca dejó de ser ni un solo momento es esto: un niño valiente y un poeta.

El mismo niño valiente que con 78 años, en su lecho de muerte, quiso que su hija mayor le leyera las “Elegías de Duino”, de su querido Rainer Maria Rilke.

El mismo niño valiente que con 10 años encontró por casualidad en las estanterías de la polvorienta y amada biblioteca de su pueblo de posguerra este poema de William Ernest Henley, y nunca lo pudo olvidar:

Invictus

Más allá de la noche que me cubre,
negra como el abismo insondable,
doy gracias al dios que fuere
por mi alma inconquistable.
En las azarosas garras de las circunstancias
nunca he llorado ni pestañeado.
Sometido a los golpes del destino
mi cabeza ensangrentada sigue erguida.
Más allá de este lugar de cólera y lágrimas
donde yacen los horrores de la sombra,
sin embargo, la amenaza de los años
encuentra, y me encontrará sin miedo.
No importa cuán estrecho sea el camino,
cuán cargada de castigos la sentencia,
yo soy el amo de mi destino:
Soy el capitán de mi alma.

Aquel niño valiente que ya tan temprano decidió ser, hasta el último día, el capitán de su alma, el dueño de su destino.

Padre, el dolor que siento ahora es enorme, porque hay recuerdo y hay amor. Pero sé que el dolor pasará y llegará el calor que nos diste, como una roca al oscurecer después de haber estado todo el día al sol.
Papá, no sé si venimos a esta vida por una razón o con alguna finalidad. Pero estoy absolutamente seguro de que, de ser así, sea ésta la que sea, tú la has cumplido. Te amo y siempre te amaré. Descansa en paz, niño guerrero.

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