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«Casi todos los somedanos tienen historias con osos»

Ezequiel Martínez presenta hoy en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid su libro ‘Viviendo con Osos’ que tardó 10 años en terminar tras entrevistar a 300 personas de 38 pueblos somedanos

Ezequiel Martínez

 

Fernando Romero / Somiedo

Ezequiel Martínez Rodríguez, (Madrid, 1961) fotógrafo y técnico de la Reserva de la Biosfera de la sierra de Rincón, es autor de un libro muy peculiar, aunque a él le gusta más llamarlo un cuaderno de campo ‘Viviendo con Osos’ (Editorial La Trébere), y que narra los relatos recabados en 300 entrevistas con vecinos de 38 pueblos del concejo de Somiedo con el oso como elemento aglutinador. Se lo tomó en serio, como prueba, el que tardara diez años en acabarlo. El libro se presenta hoy en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid. Incluye 90 fotos, algunas de José Ramón Lueje. En la presentación estará el alcalde de Somiedo, Belarmino Fernández Fervienza, dado que este acto se enmarca en la celebración del 30 aniversario del parque Natural de Somiedo.
– ¿Cómo y cuando surge esta iniciativa?
– Pues visité Somiedo en 2007 y sus pueblos y me atrajo el número de artesanos que hacían cucharones, madreñas y otros trabajos. Empecé a hablar con paisanos de entre 70 y 80 años y hasta 90 años. Y en sus historias siempre aparecía el oso como algo esencial.
-¿Y que contaban de los osos?
-Contaban sus diferentes encuentros con ellos. A veces lo mataban para comer su carne. Era comida para todo el pueblo. Lo solían cazar entre 3 o 4 vecinos. Sus historias me apasionaron y decidí escribirlas, porque no se había hecho ningún libro de relatos reales.
-¿Qué metodología siguió?
-Iba con un cassette recogiendo testimonios, con mucha paciencia porque volvía varias veces. Historias que si nadie las recoge se perderían. Además tomaba datos de los pueblos, de la altitud, descripción, etc.
-¿Cómo era la vida antiguamente en Somiedo?
– Era una vida dura. Había mucha pobreza, sin luz ni teléfono… Eran familias muy grandes con muchos hijos. Unos trabajaban en el campo, otros iban a la central eléctrica y hasta a la mina. Muchos emigraron.

«Ninguno de los vecinos con los que hablé fue nunca atacado y algunos estuvieron a 5 metros del oso. Les rugían, hacían amagos, se ponían de pie, pero nada.»


 

-¿Y su relación con el oso?
– Todos tenían alguna historia de encuentros con osos desde pequeños. Estaban muy relacionados con el bosque y la naturaleza. De todos los que entrevisté solo han muerto 6, el resto viven. Yo hacía tertulias con ellos e iba anotando a modo de cuaderno de campo y luego seleccionaba sus historias. Hice hasta 300 entrevistas para un concejo con 1.190 vecinos censados. Habían tenido encuentros de todo tipo. Uno, vio una sombra y se le apareció en un camino, a otros les entraban en las colmenas. Al primero que entrevisté fue a Arguimiro, de Aguino. Tiene 92 años y vive solo en el pueblo.
-¿Cómo eran los osos que veían?
– La verdad es que por sus descripciones puedes hacer un estudio biológico de esos ejemplares, los lugares en donde estaban hace 60 años, el color de la piel, la distancia a la que se acercaban al ser humano, si iban con crías…
-¿Atacaban?
– Ninguno de los vecinos con los que hablé fue nunca atacado y algunos estuvieron a 5 metros de ellos. Les rugían, hacían amagos, se ponían de pie, pero nada. Los osos huelen el miedo de la gente.
-¿Que historia le gustó más?
-En Villaux, de la que jugaban a los bolos me contaron una. Ramón relató que con 20 años antes de que el oso estuviera protegido, vino un día un alemán a cazar. Entonces venían personajes de la realeza, el duque de Alba, la hija de Franco y marqueses que contrataban a ojeadores de los pueblos. Pagaban muy bien. Pues este alemán era alto y tenía rifles de bala. Ramón le llevó a una peña y consiguieron ver un ejemplar, un macho. Disparó y falló. Cogió Ramón la escopeta y lo mató. El alemán le dio 3.000 pesetas. Nunca lo contó a la familia y cuando se enteraron le preguntaron qué había hecho con el dinero. “Me compré una vaca” dijo. Nunca más volvió a cazar un oso.
-¿Había mucho furtivismo?
– Pues imagínese. Había mucha pobreza y tenían la caza al lado. Vendían sus madreñas en Aguasmestas, en León, en Galicia, en Ponferrada, pero no daba para mucho. Algunos tenían vacas, pero no muchas. Cogían nueces y avellanas del bosque y cazaban tejón, jabalí, zorro para vender la piel por 5.000 pesetas, lobo… También había urogallos porque tenían pocos depredadores. Lo llamaban faisán o pito y solo se comía el macho.

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