Empiezo a cansarme del persistente discurso político que apela a “la ciudadanía”. Todo se hace para “el ciudadano”, “al servicio de los ciudadanos”. Hasta tenemos un partido que se denomina así. Es un término connotativo, surgido al calor de las revoluciones liberales del XVIII y que describe a la persona miembro de un Estado, titular de derechos políticos y sometido a sus leyes. Pero tiene también esta otra acepción, la del habitante de la ciudad que por supuesto se sitúa por encima del villano, ¡que casualidad!, sinónimo de ‘malvado’, pero cuya acepción original era la de campesino libre y habitante de las villas. Otra vez el lenguaje nos descubre el transfondo ideológico del viejo conflicto entre ciudad y pueblo, entre ciudadano y villano. Yo personalmente cada día me siento más villano.
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