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Hablemos de música

Por Luis GARCÍA DONATE

Un mes más cruzáis el umbral de este bardo incorregible en busca de los cuentos que pueda andar contando. No negaré que me hace inmensamente feliz pues ¿qué son las palabras a las que no se les prestan oídos sino ruido simple y mundano? La razón de ser de todo escritor es su público y por lo que parece debo considerarme afortunado por tener uno de los mejores. Preámbulos aparte, sacudíos la nieve, estamos en marzo y tenemos mucho de qué hablar así que si os place, vamos a ello.
En esta ocasión me embarco en una tarea difícil, vengo a hablar de música. Soy un absoluto profano en cuanto a los aspectos técnicos de la materia, únicamente toqué la armónica un par de veces y el resultado parecía más una copla carcelaria que algo realmente digno de ser escuchado. Dicho esto y aún así me propongo hablar del tema desde un punto de vista que creo que no os dejará indiferentes. Intérpretes, compases, corcheas, fusas, semifusas, digitación, trastes y toda la parentela es en lo que uno piensa cuando reflexiona sobre la música pero en mi opinión eso es solo una parte y aunque laboriosa y digna de encomio para los que la practican, en esencia no es la más importante. Todo eso es solo un medio, una forma tangible de llevarla al público pero la verdadera música no se ve ni se puede tocar ni anotar en una partitura. La verdadera música se siente, la pasión que infunde escuchar a Paganini, el estremecimiento que provoca escuchar un aria bien cantada. Dios mío, recientemente tuve el placer de descubrir una voz que rozaba lo divino amigos míos, al escucharla uno llegaba a transponer los límites de lo humano y elevarse realmente. Quizá esté lanzando un desafío a los teólogos y un descarado salivazo a los ateos al decir esto pero en los últimos tiempos me inclino a pensar que la verdadera música es parte intrínseca del ser humano y que quizá ella sea la que forme el alma porque solo algo con más poder que los simples mortales puede crear semejante belleza, pero esa, queridos míos, es una cuestión que no me encuentro en condiciones de confirmar, aún. Al fin y al cabo solo soy un simple bardo al que gentilmente hacéis el favor de escuchar. Solo sé que estas son mis conclusiones y que me parecieron dignas de ser contadas.
Hasta aquí el artículo de este mes. Pido perdón si a alguien he ofendido con mi ignorancia en lo referente a música, solo les pido que recuerden que sin ánimo de ofender no hay ofensa. Al resto, qué deciros, únicamente que espero que os haya gustado y que disfrutéis de la música tanto como yo he llegado a hacerlo. A vuestro servicio y hasta más ver, damas y caballeros.

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