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Los Reyes de los niños pobres

María José ÁLVAREZ BRAÑA

Decía Rilke que la verdadera patria del hombre es la infancia. Frase magnífica, aludiendo a las vivencias y enseñanzas que conformarán nuestra manera de ser y ver la vida, y que tendremos como referentes porque lo que aprendimos de niños difícilmente se olvida. En estas fechas, viendo las compras desenfrenadas de regalos navideños, recuerdo siempre una de esas enseñanzas que recibí siendo muy pequeña.
Al acercarse Navidad, en el colegio pedían que contribuyésemos a que niños de familias sin recursos pudieran tener regalos en Reyes. La frase textual, dicha sin ninguna mala fe (últimamente hay que cuidarse mucho de las almas ultra sensibles a las que todo hiere y en cualquier palabra ven intención discriminatoria u ofensiva) era: “Esta semana recogeremos regalos para llevarlos a los niños pobres”. Y yo, que tendría 6 o 7 años, llegué a casa y repetí: “Mamá (las jefas de educación y asuntos de intendencia eran las madres) dicen en el cole que tenemos que llevar juguetes para los niños pobres”.
Mi madre que, suavemente, era un genio aboliendo tentaciones de pensar que éramos ideales-guais del Paraguay y con explicaciones adecuadas a la edad, nos hacía pisar tierra, me respondió que sin duda ayudaríamos a que los niños tuvieran sus regalos. Así que vete a buscar tu hucha, dijo. “¿Para qué mi hucha?”, interrogué alarmada. “Para ver cuánto tienes y saber lo que entregarás a los Reyes y así les dejen regalos de tu parte”. ¡Debí quedarme lívida! “Es que tengo muy poquito”, intenté escurrir el bulto. “Bueno -contestó- yo te ayudaré para que puedan llevarles algo bonito”. “Pero… nos han dicho que podemos entregar muñecas y juguetes que nosotros ya no queremos”, expliqué intentando salvar mis ahorros. Y recuerdo, como si la estuviera viendo, su respuesta: “¿A ti te parecería bien si los Reyes te dejasen un muñeco viejo? ¿Quieres cosas rotas y manchadas o prefieres estrenarlas tú?” Y al responderle que las quería nuevas y bonitas, llegó la lección: “Pues acuérdate que a todos los niños les gustan las mismas cosas que a ti, la única diferencia es que ellos han tenido menos suerte; así que procura siempre tratar a los demás como quieres que te traten a ti”. Obviamente vacié la hucha. Aunque, misteriosamente, semanas después estaba casi llena… ¡serían Los Reyes!

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