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‘Sola y borracha, quiero llegar a casa’, reflexiones de un pecador de la pradera

Plácido RODRÍGUEZ

Una vez leída la sentencia dictada por una conocida columnista de este periódico, y que condena de forma inexorable a la Ministra Irene Montero a las llamas eternas del Infierno, mi alma se retuerce atormentada en el campo de batalla donde
combaten las emociones contra la razón, temerosa de que ese mismo veredicto se pueda hacer extensible a crápulas e iconoclastas, que bien pueden llegar a ser uno, como un cuerpo en el que anida una pareja de demonios.

Y antes de que se me aplique el exorcismo, me autoimpongo la penitencia de leer dos veces, y de pensar, en consecuencia, en el castigo por llegar a apartarme de las vidas ejemplares de aquellos hombres y de aquellas mujeres que contribuyeron a forjar esta próspera nación en la que se podrían habilitar varios quirófanos, provistos de cirujanos, con el importe del fichaje de un futbolista.

Y es tal el desasosiego que no puedo conciliar el sueño, y pienso en la que pueda ser la mujer más recatada y virtuosa de España, la que sea capaz de albergar en su corazón la más noble moralidad heredada de reinas y santas, pienso en ese ente
puro transmutado en hembra humana que roce lo divino con el contorno de su espíritu. Porque si el diablo prepara bien la trampa, que de eso puede dar buena cuenta alguna activista histórica en su día expulsada del paraíso, y en vez de manzana la tienta con licor, es posible que, aprovechando esa debilidad que produce el consumo de algunos sentimientos psicotrópicos, ese día, esa tarde, esa noche tenebrosa, los ángeles se distraigan en temas celestiales, los héroes y justicieros se encuentren ejerciendo el derecho de huelga y los acérrimos defensores de la patria estén viendo el partido. Es posible que en esos momentos en los que el abatimiento y la inseguridad forman un cóctel de sangre, ninguno de esos hombres protectores caigan en la cuenta de que una mujer, hasta la fecha inmaculada, pueda llegar, por un desgraciado avatar
de la vida, sola y borracha a casa.

Y si tenemos en cuenta aquello que enuncia la Ley de Murphy, en cuanto a que «si algo malo puede pasar, pasará» no sobrará otra Ley, la de Libertad Sexual, tal vez mejorable, que contribuya a dar protección y seguridad a todas las mujeres,
incluidas aquellas que, por castas, no den muestras de necesitar esa ayuda.

Y si los fulgurantes paladines defensores de causas perdidas duermen o se despistan, tal vez los grises funcionarios de ese monstruo impasible al que llaman Administración, una vez instruidos para la igualdad, sean capaces de poner en marcha
los engranajes de leyes mejorables que den protección a esa mujer que, por fatalidades del destino, llegó una vez, una triste noche, sola y borracha a casa. Si eso sucediera, sería síntoma de que el resto de mujeres, igual de dignas, igual de trabajadoras, igual de comprometidas, aunque más comunes y proclives a ciertas licencias mundanas, también se encuentren más seguras, y podrán llegar, igual que los hombres, solos y borrachos a casa.

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