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Juan Falcón, la fuerza infatigable del instinto

Se cumple hoy un año del fallecimiento del artista quirosano, y el mejor homenaje sería una muestra de su obra, dispersa en colecciones particulares

Juan Falcón, en su juventud

Por Diego MEDRANO

Se cumple un año de la muerte del pintor y escultor asturiano Juan Falcón. Falleció un 26 de marzo a los 61 años. Es todavía hoy que, en mis caminatas por Vetusta, creo verle al doblar una esquina, frente al centro comercial Salesas, en la Ruta de los vinos, subiendo por la calle Gascona con un sombrero de paja y un gran ramo de rosas, entre la risa y la burla descalza, junto a un grupo de inconscientes en el beso entero de sí mismos. Vivió a su aire, a su manera, sin doma, tantas veces Juan bajo la misma lluvia violenta. Asistente de Eduardo Arroyo y Valerio Adami en París fue justamente eso, un pintor a la manera de la Escuela de París, donde el pincel no duda, y vendemos lo que somos, pintura, sin experimentos ni pajas digitales. Pintura, lienzo, contante y sonante. Muchos, todavía con los ojos espantados y el pulso débil, ven una sombra que se le parece, el cuadro bajo el hombro, una voz que es una risa donde subir tímidos a la montaña rusa.
Lo veo por la calle, por las esquinas del recuerdo, copa alta en vaso de tubo, gintonic, la bolsa del millón de dólares, como decían sus admiradores, una bolsa donde muchas veces no se descubría lo que había dentro, un talento para no enseñar lo que lleva una bolsa de plástico de veras descomunal. Resulta muy difícil explicar aquí, sin cien folios detrás, lo que es un artista que viene del instinto, no de la cultura, no de las lecturas, no de las clases, no de la educación, sino de eso salvaje que viene de adentro y nos enfrenta a una creación plástica sin nada previo en su explosión completa. Pintar era sobrevivir y así, en todos los dormideros de acogida o al acaso, lo echaron de menos. Pintar era no temblar. Hemingway, en alguna parte, dice que todos los miedos de la escritura son psicológicos, por eso el artista que lleva dentro la fuerza del artesano, no duda. Se pone al tajo, trabaja y no piensa, porque hay un primitivismo atávico que no es discurso. Vemos fotos de Miró o Picasso trabajando y parecen obreros de lo eléctrico, de la construcción, especialmente el segundo, con mono o bermudas, el pecho al aire. Igual todas las palabras del mundo son mentira: así el discurso del color por el color lo es pleno, sin intermediarios ni interferencias. Sin tabarras ni monólogos.
Personalidad «borderline», dicen por las Américas, que no es más que cruzar la línea para no volver. Lo vi romper billetes en la calle, romper obra, venir de fiestas imposibles, llegar a otras, y siempre, pese a todas las polaridades, había una verdad en él que conviene un día hacer un libro. La verdad de haber renunciado de motu proprio a la mentira habitual de las galerías de arte. Todas, a su modo, venden una mentira, porque tal vez lo eterno ni se compre ni se venda, ni nadie hoy nos sabe decir hoy (ni prensa ni mostradores) quién es un Picasso. La raza de los veloces no conoce el cobijo. Ni techo ni suelo. Siempre esa supervivencia del pincel por encima de la vida. Fuera, en los alrededores, otra mentira, que es la social: Fulano, Mengano, el eterno baile de la nada, entre todo el Jajajá del mundo con pollo al ajillo. El instinto es salvaje: no conoce collares, cadenas, lo ya dicho, viaja sin doma ni obediencia, también lo paga, porque ninguna rebeldía es gratuita. Llevar un París dentro ayuda mucho. Me gustaban todas aquellas locas, protectoras, que llevaba fuera y a las que puteaba con ganas y sin ellas, según la estación del año.
Sería interesante una muestra/homenaje de todos los cuadros bajo la penumbra de las colecciones particulares, a vista de todos, como el mejor recuerdo. Siempre se mantuvo en el mismo sitio, ese cubismo/surrealismo, por épocas geométrico, por otras figurativo, que tenía dentro mucha música, mucho erotismo, mucho deseo dentro. Lo veo pintar en una calle, en una plaza, en estudios que pagaban otros, el de Alsa, y había una electricidad, una radiación, que era una fuerza admirable donde era la mano, los dedos, quienes pensaban y hacían obedecer a todo lo demás. Rompió moldes, vivió sin normas, aguantó el temporal y galerna de sí mismo, desapareció sin quejas, y de perfil, como el héroe cubista en la noche total del espectro. Una luna blanca lloró entonces una inmensa lágrima de sangre. Todos, despistados, seguimos buscándole, nos parece verle, al doblar cualquier esquina de nuestra vida gris, donde no son los pasos quienes nos gobiernan sino un cerebro dócil a lo mismo de siempre. Un año sin Juan Falcón.

El artículo original puede leerse en el blog Calle del Rollo, del escritor Diego Medrano.
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