Desmantelamos las cocinas de leña y nos pasamos en masa a las vitrocerámicas, mucho más limpias; nos hicimos devotos de los grandes supermercados, y le dimos la espalda a las tiendas de barrio y a las vendedoras de la plaza, que no tenían nunca bastante para llenarnos los ojos y el carrito. El mundo entero estaba a golpe de un click. Si me apetecen unos zapatos, ¡qué más da que tengan que dar la vuelta al planeta, dejando una estela de contaminación, para llegar a mis pies! El progreso era imparable, así que ¿por qué resistirse? El precio de la ‘globalización’ empezó a insinuarse poco a poco, con plagas molestas pero no devastadoras, como la vespa velutina. La pandemia nos dejó temblando, y ahora ya esperamos cualquier cosa: guerras, huracanes, carestías y falta de suministros. ¡Qué sabia parece la abuela con su humilde cocina de leña y su huerta, capaz de aguantar lo que venga sin despeinarse!
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