Mucho me temo que pedir perdón está sobrevalorado; en general obedece más a los intereses de quien lo pide que al reconocimiento del error cometido. Pienso que lo verdaderamente importante es pedir permiso, porque así se denegarían la mayoría de las atrocidades que cometemos.
¿Puedo ponerte un burka? ¿Nos permiten que les bombardeemos? ¿Me deja que le robe la cartera? ¿Te importa que tenga sexo contigo aunque tú no quieras? ¿Nos das permiso para que te prostituyamos? Y así una letanía de agravios, abusos, corruptelas, latrocinio, humillaciones… con las que nos despertamos todos los días.
Pues no, si hubiera que pedir permiso, salvo casos, supongo que de masoquismo extremo o enajenación mental que nos prive de un normal raciocinio, no consentiríamos que la mujer sea invisibilizada, se produzcan guerras ilegales —suponiendo que hubiera alguna legal—, el robo, la violación o la trata de personas, por poner algunos ejemplos. Eso sí, luego parece quedar la posibilidad de pedir perdón para rebajar la pena que, en algunos casos y en justicia, se nos aplique por ello.
Por eso no me cabe en la cabeza, tal vez porque no se me concedió el don de la fe, que haya religiones capaces de tramitar el perdón sin ninguna medida coercitiva más allá del rezo de algunas oraciones a modo de penitencia. Parece que puedes cometer todo tipo de tropelías en vida; si al final te arrepientes, vas al Cielo sin más consecuencias prácticas que pasar la eternidad comiendo queso philadelphia encima de una nube. ¡Hombre! Si fuiste un asesino despiadado, pederasta, violador, ladrón… No sé… Lo justo sería asarse de calor en el Infierno, aunque sea alguna temporada intercalada durante todo ese tiempo.
Recientemente volvió a salir a la palestra la polémica que inició el anterior presidente mejicano, López Obrador, cuando en 2019 envió una carta a Felipe VI, instándole a pedir perdón por los excesos cometidos por los colonizadores españoles durante la conquista de América. Pues bien, en una visita reciente a ese país, el monarca reconoció «abusos y controversias éticas en ese periodo».
Y de nuevo surgieron los rifirrafes políticos y tertulianos en cuanto a la conveniencia y necesidad de disculparse, además de la “veracidad” de lo ocurrido. Yo, como mero opinador carente de rigor histórico, pienso que debemos condenar sin paliativos los actos denigrantes, la explotación de seres humanos y, en algunos casos, el exterminio de indígenas que se llevó a cabo en la conquista del Nuevo Continente. No así la solicitud de perdón por algo que cometieron nuestros antepasados.
Entiendo que pedir perdón, además de reconocer el error, mostrar empatía con los agraviados y manifestar la intención de un cambio de conducta, también requiere asumir la responsabilidad de lo ocurrido. Y ahí, cualquiera que sea nuestro nivel de conocimiento o estatus social, ninguno tenemos por qué asumir la responsabilidad de lo que hicieran nuestros antepasados. Yo al menos no la asumo. Sin embargo, además de la responsabilidad que me toca en vida, sí asumo la responsabilidad de lo que pueda venir en el futuro si considero que no hice o no hago lo suficiente para evitar que eso suceda.
De esa manera puedo pedir perdón por el genocidio del pueblo palestino o la catástrofe que pueda generar en el futuro el cambio climático. Puedo pedir perdón porque está en mi mano hacer lo posible, como individuo, para que eso no suceda.
Por el contrario, no creo que un hijo tenga que pedir perdón por el asesinato que cometió su padre, bien fuera un terrorista de ETA o del terrorismo de estado que practicó el franquismo, por poner dos ejemplos más cercanos y por lo tanto hirientes de la conciencia colectiva que sigue dividiendo España.
«Como el polen en el viento, trashumantes, fuimos llevados por el impulso de una idea audaz hacia Catay y Cipango (India y Japón) tropezando accidentalmente con un enorme continente que no estaba en ninguna cartografía». Así se describe de manera poética la expedición capitaneada por Colón en 1942. Aunque considero más contundente y justa la de Eduardo Galeano: «Ellos tenían la Biblia y nosotros teníamos la tierra. Y nos dijeron: “Cierren los ojos y recen”. Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros teníamos la Biblia».
Podría pedir perdón por algunas de las palabras que empleo y que es posible puedan molestar a más de uno. Tal vez algún día pida ese perdón “en diferido”, como se pretende que haga un rey Borbón cuya dinastía trajo de Francia otro Felipe, en este caso V, en 1700, a mitad de aquella conquista. No sé… Igual por eso el actual Felipe solo debería pedir medio perdón. Yo, de momento, no tengo intención de hacerlo, porque entonces tendría que pedírmelo a mí por hipócrita, y decir, supongo que para evitar confrontaciones, lo contrario a lo que pienso. ¿Debería pedir permiso?
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