Bienvenidos de nuevo, os esperaba. Como sin duda sabréis, me es grato recibiros en este rincón. Hoy os traigo algo que agitará la nostalgia de algunos y que, como poco, os dejará pensando. Si os place, vamos a ello.
Quiero hablaros de un tesoro muy particular que casi todos tenemos. Mora en latas de galletas vacías, entre las hojas de algún viejo cuaderno o en álbumes olvidados que quizá no lo están tanto como parece. Son la fotos de familia. A veces (casi siempre) de épocas en las que uno ni siquiera existía. Y sin embargo, atesora con cariño, la memoria de los momentos en los que recorrió aquellas colecciones de la mano de abuelos, abuelas, padres o madres. Tales instantáneas son ADN tangible, portales a otros tiempos. Posesiones preciadas que, en algunos casos, yacen enterradas y perdidas para siempre, en un sancta sanctorum ahora y inaccesible. Parafraseando a Rick en Casablanca : “Siempre nos quedará el recuerdo de aquellos tesoros compartidos”
Hasta aquí la reflexión de hoy. Espero que al acabar vuestra lectura vayáis corriendo en busca de vuestro cofre particular. Os espera un viaje que es mejor hacer en buena compañía, contando anécdotas y recuerdos. De ese modo, aquellos que ahora sólo moran en el papel, no se habrán ido del todo y sonreirán al saber que no han sido olvidados. Dicho esto, os doy las gracias y quedo a vuestro servicio. Hasta la próxima.
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