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El encuentro entre Mario Roso de Luna y el cirujano Celestino Álvarez Peláez

‘El tesoro de los lagos de Somiedo’ dedica un capítulo al médico salense, que en su clínica de Salas hizo la primera operación de apendicitis de Asturias, en 1904

Javier F. Granda
Salas

Al revisar las numerosas anotaciones y papeles que desde hace más de una década comencé a reunir para el esbozo biográfico del médico cirujano de origen salense D. Celestino Álvarez Peláez (Casazorrina 1862 – Oviedo 1938), me encontré con la nota que refería a la obra El Tesoro de los Lagos de Somiedo de Mario Roso de Luna, donde describe cómo fue el encuentro con el renombrado cirujano en su clínica de Oviedo. Celestino Álvarez Peláez estudió medicina en las Universidades de Valladolid y Salamanca, con algún examen en la de Zaragoza, licenciándose en Valladolid en 1890. El joven médico llegó al Hospital de la Princesa en Madrid antes de abrir quirófano en Salas y Gijón y crear su clínica en la calle Asturias de Oviedo, según proyecto del prestigioso arquitecto Manuel del Busto. Sería conocido a lo largo de los años como el Sanatorio de D. Celestino Álvarez. Se especializó en enfermedades como las úlceras de estómago, tuberculosis y a él se debe la primera operación de apendicitis realizada en Asturias, en su clínica de Salas, en 1904.

Así describe Roso de Luna el momento en que conoció al doctor Celestino Álvarez Peláez:

«El Parque de San Francisco, con su calle de Uría y su hermoso paseo de Bombé, refrescó algo mi cabeza, templando mis nervios, y a la una en punto me sentaba a la mesa del hotel, en espera de mi tirano, quien hubo de presentarse a las dos y cuarto con otros tres convidados, entre ellos ¡el candidato de allí a pocos días!

No tengo por qué añadir, acostumbrado yo a las sabias pláticas de Miranda, y sin saber palabra de política asturiana, ni no asturiana, la comida que me darían. Sólo sé que a las tres y media aún no habíamos concluido de semejante matraca, porque era de tener muy en cuenta que la elección vecina se presentaba ya más enconada que una guerra civil, y que, al acabar, cogiéndoseme del brazo cariñosamente aquel hermano terrible, que veía en mí y en mi docilidad a su segundo Conradino, me dijo:

—Pues que ya visitó lo principal de la ciudad, vamos a tomar el café con el Doctor Álvarez, en su propia Clínica, que es la más célebre de Asturias. Conoceréis una de las instalaciones mejores de España, y de paso… veré si puedo convencerle de que su abstención en la próxima lucha electoral es, sencillamente, suicida.

No había resistencia posible, y, como un autómata, me dejé llevar calle de Uría adelante, subiendo en seguida hacia el barrio del Hospicio y el Museo Arqueológico, cerca de los que se hallaba el grandioso Sanatorio.

Un hombre joven, fino, limpio, y con cara de sabio alemán, nos recibía en el rellano de la escalera, exclamando cariñosamente:

—¿Usted por aquí, mi gran político? ¿Es el señor también, quizá, uno de los suyos, que… fumará, sin duda?

Y, sin más dar tiempo a la respuesta, casi sin estrechar mi mano y pese a mis protestas de cortesía, ya me había llenado la mano de puros. ¡Cinco águilas habanas, cinco vegueros de los de gran calibre, que, cual si barras de oro fuesen, atrapé agradecido!

Y después de esta criolla presentación del archisimpático médico, vino la obligada visita a la Clínica-sanatorio, que, por lo limpia, por lo opulenta y por lo concurrida, hubo de dejarme suspenso. Tras la visita, y al punto, mientras nos servían el café en la marquesina que daba al jardín, la, no por prevista, menos temible acometida política.

Pero esta vez me pasé de listo, pues, no bien hubo Narcés empezado el más brillante, el más capcioso de sus exordios—esos discursos de palabras sin ideas, o eucolálicos, que constituyen la no envidiable especialidad de todo buen político—, cuando apuré de un trago aquel moka, excelente como de médico, y le dije a éste, por lo bajo y en francés, lengua por Narcés no muy conocida, que, harto ya de política, yo me escapaba a ver algo que valía más, es a saber: Santa María de Naranco y San Miguel de Lillo.

Entendióme el doctor a maravilla y, cual si fuera a evacuar otra diligencia precisa, me escapé sin que Narcés lo notase, entusiasmado como ya estaba, con su propia peroración y el seguro éxito que esperase de ella.

Vime ya en la calle, cual si hubiese roto una cadena y, aunque diluviaba, encendí uno de los vegueros regalados y tiré calle abajo, muy animoso ya, y dispuesto a visitar aquellos dos monumentos nacionales que no tienen pareja en toda la Península. Bien a diferencia de la mujer de Lot, no me atreví a volver la vista atrás por si Narcés venía».

Este episodio lo hallamos en el capítulo IV de la Tercera parte de El Tesoro de los Lagos de Somiedo titulado “Hacia el borde de la sima”, y lo denomina “El Dr. Álvarez y sus vegueros” (pp. 254-255). Como observamos, todo son elogios hacia Celestino Álvarez en este breve encuentro mientras se visita la reputada clínica, presentada por el acompañante de Roso de Luna como una de las instalaciones mejores de España. A Celestino Álvarez lo describe como un joven fino, limpio, simpático, con cara de sabio alemán, francoparlante, generoso y amable. Circunstancialmente sabemos del desencanto político del médico cuyas inquietudes le habían llevado anteriormente a participar de la vida pública. La clínica le impresiona por limpia, opulenta y concurrida.

El Tesoro de los Lagos de Somiedo, incluido en la Biblioteca de las Maravillas (1916), es una obra difícil de clasificar. En apariencia un libro de viajes, con curiosos diálogos y abundantísima información sobre lo que su autor se encuentra en su itinerario. Pudiera tener varias lecturas. De ella se dice que es “un sorprendente relato de viaje en clave ocultista por la Asturias más recóndita y misteriosa” (Ed. Masonica). Mario Roso de Luna nació en Logrosán, Cáceres, el 15 de marzo de 1872 y murió en Madrid el 8 de noviembre de 1931. Fue abogado, teósofo y ateneísta, astrónomo, periodista, escritor y, dicen, masón. Frecuentó el Suroccidente asturiano y tenía amigos en Soto de los Infantes, por lo que trató con muchos personajes del Salas decimonónico y de las primeras décadas del siglo XX. Fue un prolífico escritor, entre sus publicaciones se encuentran títulos como En el umbral del misterio, Páginas ocultistas y cuentos macabros, Del árbol de las Hespérides: (cuentos teosóficos españoles), y un largo etcétera.

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