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El hogar del ‘Gaiterín de San Claudio’

Aún se conserva la casa en la que habitó Emilio Álvarez, en la que sonaba este instrumento antes de que subiera a escenarios o entrara en escuelas

Dibujo de la casa del Gaiterín de San Claudio/ Marcos Álvarez

Marcos Álvarez / San Claudio

Antes de que la gaita subiera a escenarios o entrara en escuelas, sonaba en casas como esta. Emilio Álvarez, conocido como El Gaiterín de San Claudio, tocaba donde hacía falta: en fiestas, romerías y reuniones, pero también cualquier día corriente, después del trabajo. La música no era una disciplina ni un símbolo cultural. Era una extensión natural de la vida cotidiana. Como ordeñar, como segar, como atender lo que tocaba.

Entro hoy en su casa. No entro en un museo ni en un lugar señalado. Entro en una vivienda que nunca dejó de serlo. Aquí vive mi abuela, su nuera. El hijo de El Gaiterín, mi abuelo, ya no está, pero la casa continúa. Y en la Asturias rural eso ya no es lo habitual.

No hablamos de ruinas ni de abandono romántico. Hablamos de una casa habitada, adaptada, cuidada dentro de lo posible. Ya no hay vacas en la cuadra, pero hay presencia humana. Y esa es la diferencia fundamental entre memoria viva y decorado.

Un dibujo antiguo muestra la casa tal como fue durante buena parte del siglo XX. No embellece nada. Volúmenes bajos, cuadra pegada, muros hechos para aguantar. Arquitectura sin discurso, pura lógica campesina. El ganado daba calor, el trabajo estaba a un paso y la vida no se dividía en compartimentos. 

Bajo este mismo techo se ordeñaba, se cuidaban animales, se guardaba la hierba, se reparaban aperos y se mataba el gochu. No había separación entre lo doméstico y lo productivo. Tampoco la había entre trabajo y música. La gaita sonaba cuando tocaba, sin escenario y sin solemnidad.

Después de trabajar

El Gaiterín tocaba después de trabajar, en fiestas y en momentos importantes de la comunidad. La música tradicional asturiana no nació en auditorios ni en espacios diseñados para representarla. Nació en cocinas gastadas como esta, entre jornadas largas, celebraciones breves y una forma de vivir que hoy se va cerrando poco a poco.

La casa sigue en pie por una razón simple: alguien abre la puerta cada día. No por planes de protección ni por declaraciones institucionales. En pueblos como San Claudio hubo muchas casas así. Algunas ya vacías. Otras cerradas. Otras perdidas. No porque valieran menos, sino porque nadie siguió dentro.

Defendemos el folclore, pero dejamos que se cierren los caminos que llevaban a estos sitios. Caminos malos, sin mantenimiento, que la cotoya va tapando poco a poco hasta hacerlos impracticables. Cuando el camino desaparece, la casa deja de existir, aunque aún esté en pie.

Esta es la casa de El Gaiterín. Sigue aquí porque todavía se vive en ella. El día que esa puerta se cierre, no perderemos solo una casa. Perderemos otro acceso. Otro vínculo directo con una forma de vida que no se conservó en vitrinas.

Y cada vez quedan menos caminos por los que caleyar.

Redacción
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