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Cuando se derrumba el patrimonio rural

Margarita Fernández Mier

Por Margarita Fernández Mier

Catedrática de Historia Medieval de la Universidad de Oviedo

Durante décadas la silueta de la torre de Tuñón formó parte del paisaje del valle del Trubia. Hoy ese perfil ha desaparecido. Recientemente hemos sido testigos del derrumbe de esta modesta construcción que llevaba años en ruinas. El desenlace parecía inevitable y terminó por consumarse este mes. La casa torre, probablemente de origen bajomedieval, constituye un destacado ejemplo de arquitectura civil y un símbolo de los linajes que ejercieron el poder local entre los últimos siglos de la Edad Media y los comienzos de la Edad Moderna. Precisamente ahí reside su importancia: mientras que las iglesias concentran la mayor parte de la arquitectura medieval conservada, los edificios civiles son mucho más escasos. La desaparición o transformación de aquellos linajes a lo largo de la historia impidió la conservación de buena parte de estas construcciones.

La torre de Tuñón no era un caso aislado, su valor aumenta si se contempla dentro del reducido grupo de torres medievales que aún sobreviven: las torres del Campo y Banduxu, en Proaza; la de Villanueva, en Grau; las de Quintana y San Martín d’Ondes, y el lienzo de Montouvo, en Balmonte; así, la casa torre formaba parte de un reducido conjunto de vestigios que permiten comprender la organización del poder señorial en el territorio. Su estado de conservación, sin embargo, refleja una realidad frecuente: un patrimonio atrapado entre la propiedad privada, la falta de recursos económicos y la complejidad de las políticas de protección.

La torre formaba parte del conjunto de Sabadía, integrado además por varias viviendas de mampostería con vanos de ladrillo macizo, adosadas en época industrial a la construcción original y organizadas en torno a una pequeña plaza en forma de U. Este conjunto constituye un interesante ejemplo de arquitectura tradicional y permite seguir la evolución del hábitat en el valle del Trubia desde la Edad Media hasta nuestros días. Pese a que la fachada de la torre estaba protegida como bien patrimonial del Principado de Asturias y el edificio figuraba en la Lista Roja del Patrimonio de Hispania Nostra, el colapso parcial ha resultado inevitable. Se trata de una situación que afecta a numerosos inmuebles del medio rural, especialmente aquellos alejados de la arquitectura monumental, pero fundamentales para comprender la diversidad de las formas de habitar y construir en Asturias.

Buena parte de este patrimonio se encuentra hoy en una situación de extrema vulnerabilidad. El despoblamiento, el envejecimiento demográfico y la desaparición de los usos tradicionales han dejado a numerosos edificios sin una función que garantice su mantenimiento, como ocurre también con muchos hórreos. A ello se suma un problema especialmente complejo: la mayoría pertenece a propietarios privados —a menudo varios herederos— que carecen de recursos suficientes para afrontar costosas rehabilitaciones. La legislación establece el deber de conservar estos bienes, pero en la práctica, esa obligación resulta difícil de cumplir cuando los propietarios carecen de ayudas suficientes para hacerlo posible. Con cada edificio que desaparece no solo se pierde un inmueble, sino también técnicas constructivas, conocimientos tradicionales y la memoria colectiva ligada a estos espacios.

Esta realidad debería llevarnos a una reflexión más profunda sobre la situación del patrimonio rural, desde los grandes monasterios y las fortificaciones medievales —como las de Alesga y Alba, en Quirós— hasta las construcciones más modestas que constituyen el testimonio material de las formas de vida del pasado. El patrimonio construido no puede desvincularse de las comunidades que lo habitan ni del patrimonio simbólico asociado a él.

Más allá de su dimensión cultural, esta pérdida tiene también consecuencias económicas y territoriales. El medio rural asturiano busca desde hace años modelos de desarrollo capaces de generar actividad y fijar población. En ese contexto, el turismo cultural aparece como una de las oportunidades más prometedoras para muchos concejos de montaña. Sin embargo, ese modelo no puede sostenerse únicamente sobre el paisaje natural. La singularidad de territorios como el Camín Real de la Mesa reside precisamente en la combinación de naturaleza, historia y patrimonio.

Por ello, el derrumbe de la torre de Tuñón debería invitarnos a formular algunas preguntas: ¿existe una conciencia social suficiente sobre el valor del patrimonio rural construido? ¿Somos conscientes de que estamos perdiendo paisajes culturales modelados durante siglos? ¿Estamos educando a las nuevas generaciones para reconocer y proteger este legado? ¿Qué responsabilidad corresponde a las administraciones? ¿Y cuál nos corresponde como sociedad?

Cada vez que desaparece un bien patrimonial o se ignora el valor cultural de nuestros paisajes, perdemos una oportunidad para comprender el pasado, reforzar la identidad de los territorios rurales e imaginar un futuro en el que la gestión del territorio se apoye en la cultura y el patrimonio. Un patrimonio entendido no solo como arquitectura monumental, sino como el conjunto de elementos que han configurado nuestros paisajes y se han transmitido de generación en generación.

Redacción

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  • Respondo a dos de las preguntas: no hay conciencia social suficiente sobre el valor de estas edificaciones, ni tampoco se educa a las nuevas generaciones para que conozcan y aprecien este patrimonio monumental. Para muchos vecinos de los valles, y también para muchos visitantes, se trata de caserones viejos que un día u otro tienen que acabar cayendo y no pasa nada. Y estos es extensible también a las iglesias parroquiales o a las capillas y ermitas, cosas que son responsabilidad "del clero" que tiene mucha "pasta"y es quien debería conservarlo. También influye mucho en esta situación el despoblamiento de las aldeas, porque desaparece el tejido social que pervivió durante generaciones, la gente es cada vez más individualista y no se preocupa por conservar tradiciones o cosas del pasado, de esta forma se van perdiendo poco a poco las señas de identidad de nuestros concejos.

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