Ayer decidí ir a comprar tabaco caminando, a ver qué pasaba. Total, de Caranga Baxu al estanco de Proaza por la Senda del Oso no hay más que un paso, dicho en plan coloquial. Así que me calcé unas botas que me regaló mi santa por si un día me daba un pronto cuando, al hacer la última lazada, observé el logotipo grabado en la caña: ¡Horror, son Panama Jack! De súbito un sudor frío empapó mi frente y, como sucede en el último suspiro de quién está a punto de diñarla, en décimas de segundo discurrió por mi cabeza el rosario de los últimos acontecimientos.
Y en ese momento, sobresaltado y jadeante, me desperté. Echarse la siesta después de trajinarte un cachopo no trae nada bueno, pero al menos, y a diferencia de la cruda realidad, solo se trataba de un mal sueño. Y aún me quedaba medio paquete de cigarrillos comprados religiosamente a precio de mercado, impuestos incluidos.
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