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[Un madrileño en la corte del Rey Pelayo] Ponerse las botas

Por Juan Carlos AVILÉS

Ayer decidí ir a comprar tabaco caminando, a ver qué pasaba. Total, de Caranga Baxu al estanco de Proaza por la Senda del Oso no hay más que un paso, dicho en plan coloquial. Así que me calcé unas botas que me regaló mi santa por si un día me daba un pronto cuando, al hacer la última lazada, observé el logotipo grabado en la caña: ¡Horror, son Panama Jack! De súbito un sudor frío empapó mi frente y, como sucede en el último suspiro de quién está a punto de diñarla, en décimas de segundo discurrió por mi cabeza el rosario de los últimos acontecimientos.

A ver, Avilés, barrunté en busca de sosiego. No tienes de qué preocuparte, tú estás limpio. Bueno, si acaso, aquellas colaboraciones que le escaqueaste a Hacienda, pero eso fue en los años setenta y ya ha habido muchas amnistías fiscales desde entonces. Pero no terminé de tranquilizarme, no. ¿Me harían la paralela? ¿Aparecería en la nefasta lista de descuideros que atesoran La Sexta y El Confidencial como oro en paño por aquello de las audiencias? ¿Me vería yo también sometido a la vergüenza y el oprobio como Soria, Rato o el mismísimo Bertín? ¿Caería en contradicciones si me toman declaración? La cosa iba de mal en peor. Luego recordé aquella ingeniosa pancarta que lucía bajo el reloj de la Puerta del Sol en el 11-M: “No hay pan para tanto chorizo”. ¡Qué mal rollo! Aun así, entre remordimientos y terrores, decidí echarme al monte. Cada excursionista, cada ciclista que me cruzaba, escudriñaba mis pies y me lanzaba una afilada mirada de reprobación y condena. Ya no había duda, me habían pillado. Cada paso que daba era un instante menos para el cadalso y tal vez para la angina de pecho, aunque palmarla allí mismo, bajo un castaño, junto a Piriguela, no dejaba de ser una liberación con cierto ingrediente poético. Eso sí, moriría con las botas puestas, como el general Custer, pero con menos honra.

Y en ese momento, sobresaltado y jadeante, me desperté. Echarse la siesta después de trajinarte un cachopo no trae nada bueno, pero al menos, y a diferencia de la cruda realidad, solo se trataba de un mal sueño. Y aún me quedaba medio paquete de cigarrillos comprados religiosamente a precio de mercado, impuestos incluidos.

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