El maestro Gerardo Alonso rememora la tradición del ‘filón’ y de pasada reconoce que a esas tertulias invernales sólo iban, si eso, “las muyeres de la casa”, porque se hacían al terminar de trabajar y ellas nunca acababan, siempre tenían quehacer. Todo ese trabajo de las mujeres mereció en la sociedad industrial y de consumo el silencio, tareas sin precio y sin valor, de ‘marujas’, pagadas (si hay suerte) con ‘amor’, comida y cama. Esas mujeres de pueblo salieron de sus casas, muchas se fueron a las ciudades y a la vez que criaron a sus hijos y a sus nietos protagonizaron la mayor de las revoluciones, que además se ha hecho sin víctimas: poder estudiar, poder trabajar, poder denunciar la violencia sexual, poder ser la alcaldesa de tu pueblo.
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