Juan Carlos Avilés / Proaza
Un itinerario turístico de primera, donde a pie o en bici se puede hacer el mismo recorrido que hace unas décadas transitaba el tren minero que unía los yacimientos de Quirós y Teverga con la fábrica de armas de Trubia. Luego se convirtió en vía verde y en un punto de notable interés para visitantes que vertebra y da vida a varios municipios de los valles. Bonitas vistas, vegetación exuberante y variada, recorrido sin dificultad porque los trenes no suben cuestas… Pero la Senda del Oso es mucho más, y me di cuenta de ello cuando hace unos días paseaba con mi perro desde Pirigüela, en Peñas Juntas, a Proaza, y me topé con un pequeño cartel, cuidadosamente atornillado a la baranda del camino, con una leyenda escrita y dibujada en un pedazo de madera bien tallado que enseguida comprobé que no era el único: «Luisa, no vayas tan deprisa», «Por aquí pasé yo», «Buena ruta», «Lolo, no vengas solo»… Así, hasta más de una treintena, unos fijados en los travesaños de madera y otros en los árboles del sendero. Algunos intrascendentes y con un punto ‘naif’ alternados con otros más sesudos y elaborados, hasta con cierto marchamo filosófico: «Lo único imposible es lo que no intentas», «El camino al éxito es la actitud», «Deja atrás lo que no te conduce hacia adelante»… Mi sorpresa y curiosidad me hicieron fotografiarlos casi todos (aquí se os muestran algunos) mientras una sonrisa de satisfacción iba y otra venía. ¿Quién sería el artista visionario? ¿Se trataría de un trabajo escolar felizmente urdido? ¿O la obra de un jubilado imaginativo y con tiempo de sobra? Fuera como fuere, el anonimato hacía el hecho aún más atractivo, así que me abstuve de indagar la posible autoría por no romper el encanto.
Al margen de los efectos ‘decorativos’, aquella improvisada galería gráfica sugería más cosas. Por fin alguien había definido una dimensión lúdica y creativa más allá de las huellas de las bicis, las deportivas o las de algún oso despistado. La Senda tiene vida y un enorme potencial creativo e informativo que discurre, como la propia naturaleza, a lo largo de decenas de kilómetros surcados por centenares de visitantes. A ver si a alguien, con capacidad de gestión y alguna lucecita en el cerebro, se le ocurre algo destinado a potenciar el atractivo que de por sí ya tiene. Y ahí lo dejo.
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