Categorías: Santo Adriano

Tractores

Juan Carlos Avilés

[Total, pa ná]

Desde guaje siempre me llamaron la atención los artilugios mecánicos móviles, y no me refiero a los coches, que ya empezaban a estar muy vistos. Aún hoy me quedo boquiabierto contemplando a los gruistas mover pesados materiales de un lado a otro, o a los operarios de almacenes apilar voluminosos palets en las alturas. Pero lo que más ansiaba de crío era montarme en un tractor. Se me antojaba una aventura similar a atravesar la jungla encaramado en el pescuezo de un elefante y observando el mundo desde lo alto, con una perspectiva diferente y mucho más poderosa a la que se tiene a ras de suelo. Y sin temor a que las alimañas, del tipo que fueran, pudieran darte alcance. Nunca lo logré.

Me imagino que cualquiera de los miles de jinetes que estos días cabalgan sobre sus caballos de hierro, en un terreno tan desnaturalizado como el asfalto de las ciudades, me correría a gorrazos si se lo cuento. Y no les faltaría razón, sobre todo en lo de no estar a merced de los depredadores, por muy alzado que lleves el culo. La imagen de cientos de ellos manifestándose por las grandes urbes en defensa de sus maltrechos intereses desde luego ahora no me parece un espectáculo fascinante, sino la dramática evidencia de nuestro rotundo fracaso como sociedad. El pez grande se come al chico, y no por ley natural, sino por la prepotencia e impunidad de quienes no se inmutan ante el esfuerzo ajeno por la supervivencia con tal de no ver mermada su fabulosa y creciente cuenta de resultados. Y la de quienes, desde sus poltronas políticas, son incapaces de ponerles freno parapetados en las sagradas leyes de la economía global o en los dictámenes de mamá Europa.

No hay razón humana ni divina para que los más vulnerables siempre paguen el pato. En este caso pequeños agricultores y ganaderos, entre ellos muchos jóvenes que han hecho del medio rural su proyecto de vida a la vez que contribuyen a la tan necesaria repoblación de la España vaciada. Y con la más que legítima pretensión de que la tierra que trabajan, y que nos alimenta a todos, también les alcance a ellos. Pero no les da ni para amortizar el tractor.

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